Pavorosa actualidad

Vivimos tiempos de incertidumbre, y eso no tiene porqué ser sobrecogedor. Si lo pensamos bien todo otro tiempo en el que dábamos por seguro algo era producto de la febril imaginación, del candoroso equivoco o de la comodidad zángana de la pereza mental. Que, si no, pensar que la tierra era plana, que era el centro del universo, que el progreso era lineal o las leyes de la física eran incontrastables e inmutables (sólo había que descubrirlas).
Sin embargo, por razones que no me propongo en estas breves líneas, esos periodos e los que nos aferrábamos a ideas como arocas, a ideales como a salvavidas y a ideologías como a tierras prometidas, lejanas, pero existentes, no fueron poco comunes en la historia de la humanidad y a veces largos resultaban incluso relativamente largos. Las décadas de final del siglo XX y todavía de inicio del siglo XXI corresponden a periodos de (engañosa) certidumbre, en la cual imbuidos en al consumismo, el individualismo y en la hipnotizante sociedad del espectáculo (Vargas Llosa) vivíamos con tierra firme bajo nuestros pies.
Es por la cercanía de los tiempos de la certidumbre y no por su novedad que los tiempos modernos se sienten tan inquietantes, especialmente para los coetáneos mayores (baby boomers, generación X). La actualidad no trae aparejada ninguna certeza, ya no digamos para los millenialsy las nuevas generaciones (es cliché decir que es la primera generación que si tiene alguna certidumbre es la de que no va a estar mejor que sus padres) si no para nadie. La primera víctima fue el concepto mismo de verdad.
La era del vacío, fue pariendo una pasiva reacción a la información y a los datos duros. El abuso en la manipulación de los conceptos, la comercialización de la frase “es un hecho científicamente irrefutable” como anticipación a afirmar mentiras garrafales, acabaron con la noción misma de la verdad. (No debería, entonces sorprendernos que si bien se estudia “big data” ya casi no hay vocaciones científicas, filosóficas ni religiosas. No hay respeto por el esfuerzo intelectual, ni por los estudios humanistas, ni por la figura misma del intelectual, que devino, cuando todavía aparece en un bufón más de la corte)
La era de la incertidumbre tampoco es novedosa. Ya la hemos vivido como humanidad. La diferencia con la actual es que no dudamos de la verdad, sino que ya no tenemos idea clara ni siquiera de lo que es mentira. Todos mentimos, la mentira ayuda a pasar de un día a otro, especialmente en momentos de incertidumbre. Sirve incluso para sorprendernos por comparación cuando la verdad histórica se revela y acepta; pero eso requiere que cuando mentimos, cuando nos mienten, tengamos conciencia de la mentira. Y en la era actual, ya llamada la era de la posverdad, perdimos la noción misma de la mentira. Lo que decimos, pensamos (y quizá lo que sentimos) es utilitarista, carente de valor de verdad. Además de incertidumbre, tenemos entumecido el entendimiento.
Gustavo D. Buzai, un profesor argentino escribiendo de su país escribió: hoy vivimos una situación en la cual se hace más necesario que nunca poner el pensamiento en acción, porque para salir de la crisis que agobia nuestro país –dentro del contexto mundial- se necesita mucha imaginación, pues como afirmaría Jorge L. Borges (El hilo y la fábula) “el hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora no sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad”. Aplica al nuestro, aplica a todo el planeta. Creo.