Pedro Gil Iturbides – El poder es para ejercerlo

Por estos días se ha dicho con claridad e intención: el poder es para ejercerlo. Pero el poder, ¿qué es y para qué sirve? Porque sin duda no se vende en botica, puesto que de ser así todos tendríamos acceso al mismo. Por tanto, debe ser preciada alhaja describible en la alquimia de la política, y destinada a un objetivo muy preciso.

Cuando Salomón ascendió al trono de Israel tuvo mandato de su padre de seguir determinados caminos conforme la ley de Dios. Pero el escogido sintió confusión ante la enorme responsabilidad que se le confería, y se encomendó al Creador. “No sé cómo entrar ni salir”, dijo al Señor, refiriéndose a las responsabilidades de su reinado. “Da pues a tu siervo, corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque, ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?”.

En la simplicidad de estas expresiones se halla el secreto del poder, y de un ejercicio plausible de éste. Desentrañar el secreto supone una mentalidad proclive al encuentro con la prudencia y la moderación de que hizo galas aquél rey, y explica el crecimiento de la nación que gobernó. El primer libro de los Reyes, fuente de esas vivencias, denota cuánto de progreso se logró bajo la égida de ese rey.

La sociedad de nuestros días es mucho más compleja que aquella en la que se desenvolvió Salomón. Pero las reglas sustentatorias del poder, parecen inmanentes, y sin duda que son percibibles por quien se distingue en el ejercicio de la cosa pública.

El poder está llamado a gestar el bien común. Y los cauces que se abren como resultado de su acción deben impulsar y contener las iniciativas de los gobernados. La sagacidad de quien recibe el mandato tiene que ponerse al servicio de una causa de valía común, pues la sociedad se ha conformado para procurar la satisfacción de todos. Lo que el cristianismo acepta y pregona como inclinación natural del ser humano a la sociabilidad no tiene otro propósito que el logro de las moderadas aspiraciones de todos.

Cuando Enrique IV de Navarra aspiró a suceder a Enrique III en el trono de Francia, a fines del siglo XVI, encontró animosidades y escollos por doquier, debido a causas de religión. Hombre sabio y prudente, inició su trabajo para vencer tanta resistencia, con una constante dedicación a ganar el corazón de los franceses por vía de su bienestar. En una época en que grandes señores dominaban regiones enteras arropadas por sus banderas, reforzó el papel de los siervos libres. El comercio en manos de éstos, encontró acogida en su ánimo Y lo mismo los artesanos libres y otros hacedores de riquezas.

Por supuesto, pues he dicho que sabio y prudente aquél rey, también hizo camino en las cuestiones religiosas que fueron causa de confrontaciones en un primer momento.

Cuando Salomón, en aquella otra antigua sociedad casi primitiva asumió su mando, buscó a los libaneses que labraban la madera y a los fundidores que trabajan el bronce. Llamó a Hiram, rey de Tiro, para contratar esos artesanos, con el objeto de construir las obras de infraestructura que le dieron fama a él y esplendor a sus ciudades. A ellos empleó también, para levantar lo que era su principal compromiso, un templo consagrado a Dios.

Al enviar a Hiram un emisario, hizo ver que buscaba aquellos talentos porque “ninguno hay entre nosotros que sepan labrar madera como los sidonios”.

Reconocía y contrataba, pues, el talento, la capacidad y destrezas, la creatividad, que juzgó virtudes imprescindibles para alcanzar sus objetivos de gobierno.

Cuando Estados Unidos de Norteamérica y sus aliados consolidaron la derrota de Adolfo Hitler en Europa, llevaron a un tribunal de justicia a todos los capitanes nazis. Muchos científicos fueron incluidos en aquellas persecuciones. Pero el físico Wernher von Braun, creador del cohete V 2 que asoló buena parte de Inglaterra, fue sacado de ese grupo. Llevado a territorio de la nación vencedora, fue contratado para organizar el programa de investigación que condujo a la conquista del espacio y la llegada a la Luna.

Aquella simplicidad que trasluce del libro de los Reyes, por tanto, concita a quien ejerce el poder, a un examen continuo de las situaciones que confronta en su mandato. No se delega el poder, cierto, en el sentido de asumir irresponsabilidades, pues un ejercicio castrado es frustratorio para la comunidad. Pero el ejercicio del poder es una constante toma de decisiones por sí o por delegación, para propulsar el bien común.

La acción gubernativa no puede ni debe ser traumática para una nación, puesto que de ello se deduce que no se ejerce el poder en el sentido de su naturaleza. La frase “el poder es para ejercerlo” no puede tener otra connotación que aquella que conduce a la sociedad hacia el bienestar colectivo. Cuando se pronuncia para mostrar compromiso de detentación, es porque han quedado atrás aquellas simples virtudes que son propias del buen gobierno.