Pedro Gil Iturbides – Solidaridad y ofensiva

Una semana atrás España fue sacudida por la muerte de más de doscientas personas en diez explosiones en estaciones de trenes en la ciudad de Madrid.

Casi una tercio de la población de la península se levantó en manifestaciones de repudio, en varias de sus grandes ciudades. De la capital se afirmó que al menos la mitad de su población marchó como reprobación contra los monstruosos hechos criminales. El Gobierno Dominicano, y gran parte de sus iguales en el mundo, mostraron su solidaridad con la España de luto.

Nosotros, y otros países del Nuevo Mundo fuimos afectados por la muerte de coterráneos nuestros.

Ahora toca el turno a las agencias de seguridad de esa España herida. Pero sus agentes no deben indagar solos. Estados Unidos de Norteamérica, Gran Bretaña y los demás grandes países de occidente y oriente que rechazan estos hechos terroristas, deben mover sus maquinarias de investigación política y criminal. Cuando los estadounidenses marcharon contra los talibanes en Afganistán, ejecutó un acto de vindicación más que de venganza. Los pueblos y gobiernos del Asia y del Asia Menor no se sintieron amenazados u ofendidos.

Cuando estadounidenses, ingleses y españoles marcharon contra Irak, despertamos un monstruo que dormía desde el siglo XVI. El islamismo se levantó sobre la sangre y la opresión de los pueblos conquistados. Mantiene su predominio por la sujeción más que por el convencimiento. Naciones de esta índole debieron ser seducidas con aquella astucia que Jesús, antes de partir hacia el Creador, pidió a sus discípulos. Mansos como palomas, les dijo, pero también astutos como serpientes. En ese oriente de duplicidades, este es un factor insustituible para lograr transformaciones conductuales.

Mas no lo entendimos. Un incontenible deseo de “liberar” a los iraquíes de su gobernante dictatorial movió al Presidente estadounidense, George Bush.

Anthony Blair, el Primer Ministro británico lo secundó sin ambages, pues también andaban tras las armas de destrucción masiva, que no han aparecido.

Y a la zaga, pero no menos comprometido, el Presidente del gobierno español, José María Aznar. Pero estábamos removiendo una tumba en donde descansan los sueños de Solimán el Magnífico.

Su Santidad Juan Pablo II reclamó que el mismo empeño “liberador” se pusiera al servicio de la paz. Sin ningún género de dudas, para la humanidad era una afrenta contemplar la cara de Saddam Hussein en los palacios de gobierno de Bagdad. Pero muchos otros mandatarios, con los que naciones occidentales mantienen relaciones diplomáticas, son causa de vergüenza para sus gentes, sus vecinos o el mundo. Y los soportamos. Era preciso salir de Hussein, frente al que ninguna conspiración había triunfado. Pero era necesaria la astucia que no fue esgrimida.

En Madrid, hace una semana, pudo muy bien actuar el grupo separatista vasco que la mítica alQaida. ¿Qué más da? Uno y otro de ambos cuerpos terroristas están formados para matar en procura de publicidad, atemorización y conscripción de nuevos miembros. Apenas detona un artefacto asesino, alcanzan la primera meta. Desde que cuantificamos la destrucción material y lloramos y contamos nuestros muertos, consiguen el siguiente objetivo. Y ambos a dos impelen al tercero, como acaba de verse por una página electrónica en que alQaida llama a los ricos de oriente a aportar recursos para seguir la lucha contra occidente.

Todavía Solimán el Magnífico no se ha montado en su caballo. Pero su imagen recorre el pensamiento de miles de jóvenes que entre los conturbados y empobrecidos pueblos del Asia Menor, condenan a Occidente por su miseria.

Nuestra labor debió dirigirse a penetrar esas intrincadas culturas con la astucia con que Mustafá Kemal Ataturk convenció a su pueblo para que cambiase. El logró una metamorfosis que Occidente celebra y aprovecha en los conflictos de la zona. Pero no fuimos capaces de pisar sus huellas para transformar no ya a Irak, sino a toda la región.

Ella sigue viviendo en la baja Edad Media, en cuanto a la realidad de muchos de sus pueblos. Solamente algunos de los teocráticos regímenes han permitido que las inmensas riquezas del subsuelo, permeen hasta la gente común. Convencerlos paciente y sagazmente de que ello es posible y que el bienestar de unos debe compartirse con sus connacionales, debió ser el esfuerzo que se hiciese a partir de Afganistán.

Hoy tenemos otra vez a Solimán el Magnífico, quien busca de su caballo.

Pero ya éste pateó en Madrid. Ha llegado la hora de que los servicios de seguridad averigüen dónde se encuentra para frenar genocidios como el de la capital española.