Pedro, Pablo y lo que podemos esperar

Cada familia tiene sus personajes inolvidables. La Iglesia Católica recuerda hoy a San Pedro y San Pablo. Pedro caminó junto a Jesús durante su ministerio público. Pablo fue enseñado por el mismo Cristo resucitado.

Según el testimonio de la Escritura, ambos fueron favorecidos por intervenciones especiales de Dios. Pedro fue liberado de la cárcel en la que le había encerrado Herodes Agripa I (Hechos 12, 1 -11). Pablo también fue liberado de muchas asechanzas, hasta el punto que llegó a escribir: “El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal” (2a Timoteo 4, 6 – 18).

En las profundidades de nuestro corazón, mantenemos esta convicción equivocada: esta vida es la única que cuenta. La gente mayor de nuestro pueblo dice: — lo que me vayan a dar, que me lo den en vida–. Aspiramos a que el ángel del Señor acampe alrededor de nosotros y nos proteja de todo mal. Probablemente Pedro y Pablo coquetearon con esperanzas similares: “que no me pase nada malo”.

Pero poco a poco, Pedro y Pablo descubrieron el verdadero alcance de las promesas del Señor. No se trata de que a mí no me pase nada malo, sino que yo no me pase a las filas del mal. Que no me venza el poder y la seducción de la maldad. Así se lo prometió Jesús a Pedro y su comunidad: “el poder del infierno no derrotará a la Iglesia” (Mateo 16, 13-19).

Al igual que Jesús, Pedro y Pablo padecieron muertes violentas, porque fueron fieles hasta el final.

Son tiempos difíciles. Salgámonos de las falsas esperanzas de no tener problemas, y pidámosle al Señor: ¡sálvanos de nuestras angustias! (Salmo 33) para ser fieles hasta el final como Pedro y como Pablo.