Pellizcos políticos

José Miguel Gómez
José Miguel Gómez

Las diferencias, disenso, confrontaciones y desavenencias son parte de las dinámicas de grupos. Y, más aun, cuando se socializa en espíritu democrático. En los modelos autoritarios, el padre, el jefe, logra imponerse debido a los controles que tiene. En el modelo permisivo o donde no existen reglas ni disciplina ni orden ni sistema de consecuencias, cada quien establece su propia dinámica de comportamiento. Los conflictos que genera la política después de la ausencia de ideología, ideales, utopía, paradigmas y valores, son de tipos personales, grupales, económicas, por el poder, el control o por prejuicios y discriminación.
En sociedades pequeñas, con debilidades institucionales, donde existe la ausencia de una clase gobernante con consciencia del desarrollo social y político, y de la sostenibilidad equitativa del Estado, las reglas y normas se van repartiendo y acomodando dependiendo de los intereses personales o de grupos. Es decir, el grupismo, el personalismo, el individualismo y la sectorización, ocupan el comportamiento social, devaluando el colectivo social, a los más vulnerables y marginados económicamente.
La política ha pasado a ser una actividad de menor altruismo social, de deshumanización, de inequidad en la distribución de la riqueza producida y de las oportunidades para el acceso al bienestar humano.
Los políticos se han aprovechado de la ciudadanía en déficit: aquellos de pobre participación, en riesgo y vulnerabilidades; pero también, en falta de empoderamiento para exigir los cambios y derechos postergados y negados por décadas.
La indefensión y el acatamiento social, han servido para el ejercicio de las desigualdades, la exclusión y la desesperanza, pero invisible desde la sociedad del espectáculo, del entretenimiento y la visibilidad, vista desde la posmodernidad.
En diferentes épocas, los partidos, los líderes y los grupos se confrontan sin obedecer a reglas ni propósitos que lleven la actividad política al juego de las ideas, a contextualizar los temas de la ciudadanía, ni lo que represente la seguridad, la calidad de los servicios, ni los derechos y valores de las personas.
Existe una crisis de identidad generalizada, de rostro y de palabra, de valores y compromiso. Ahora compramos el político que no necesitamos, sino, lo que nos ofertan y nos construyen como nueva necesidad.
Sin embrago, la sociedad ha perdido la capacidad de asombro, el juicio crítico, la coherencia política en valorar los comportamientos y resultados de sus actores políticos, para discriminarlos y establecer sistema de consecuencia. Ellos, los políticos, a sabiendas de la pobreza espiritual y conceptual de los votantes, simplemente actúan, sin riesgos y sin consecuencias, sin miedos y sin resaca moral.
Ahora el sistema partidario vive su peor crisis; ahora no existen mediadores, ni notables que les ayuden a viabilizar o gerenciar las diferencias. La dinámica es patológica: resentimiento, odio, sed de venganza, destruir virtudes, honor y vergüenza.
Estos son tiempos de pellizcos políticos; de irritación y de provocación hasta que las heridas sangren. No son tiempos para curitas emocionales, ni credos, ni ruegos, son pellizcos políticos que se practican hasta que alguien salte y se dé por enterado que de verdad existe una crisis partidaria, de grupos y de una democracia más débil y más vulnerable; con la desventaja de que ahora no se visualiza un árbitro creíble, imparcial, honorable, transparente y que tampoco pellizque. Ahora por más que le pellizquen no podrán huir; ahora hay que persistir, insistir y resistir para ganar.
En los próximos meses de pellizcos se pasará a mordiscos, laceraciones y heridas más viscerales. Pellizcos desde la epidermis política hasta poner distanciamiento psico-emocional. Entonces, la estrategia y la táctica a unos no le funcionó, a otros le quedaría la lección para reaprender del mal menor. Pero sin perder de vista que la táctica es la que cambia, la estrategia se fortalece y es constante, sin embargo, nunca se debe exponerlo todo, ni perderlo todo. La historia no es como se empieza sino, como se termina.