Pensamientos sueltos; reflexiones terrenales

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POR MU-KIEN ADRIANA SANG
Vivir es una manera de no estar segura, de no saber qué es lo que sucederá a continuación ni cómo. En el momento en que sabes cómo, empiezas a morir un poco. El artista nunca sabe exactamente. Adivinamos. Tal vez nos equivocamos, pero damos saltos tras salto en la oscuridad. Agnes de Mille, Meditaciones para mujeres que hacen demasiado

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Estamos tan engañados por nuestros espejismos de control que realmente creemos que podemos controlar el futuro, hacer que sucedan las cosas como nos gustaría que sucedieran y controlar totalmente nuestras vidas. Cuando lo hacemos dejamos de vivir. Anne Wilson, Meditaciones para mujeres que hacen demasiado

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¿Te ha pasado alguna vez que vives a un ritmo tan acelerado y sin parar que eres incapaz de tomar conciencia de lo que has hecho? ¿Te has preguntado alguna vez al final de cada día si dedicaste un poco de tiempo para ti? ¿Te has detenido alguna vez en tu vorágine vital y existencial para preguntarte simplemente qué hago, hacia dónde voy? ¿Al principio y al final del día has dado gracias por el simple regalo que significa simplemente vivir?

Después de haber vivido muchos tropiezos, de vivir para trabajar, pensando que lo importante eran los resultados; de haber olvidado el significado de las pequeñas cosas, he renacido y he descubierto el hermoso significado de buscar y encontrar dimensiones espirituales para vivir mejor.

1. El valor de las pequeñas cosas

¿Por qué había aconsejado a mi amigo que se sumergiese en la naturaleza? Porque en este período, la naturaleza, cuando demuestra la tozudez de mi mimosa, habla un lenguaje único y extraordinario, el de volver a nacer. Y volver a nacer no atañe solamente a las hebras de hierba, a los bulbos, a la linfa que corre por las ramas más que abandonadas. Volver a nacer atañe también a nuestros corazones: renacer, estar disponibles para reconstruirnos en un orden diferente quiere decir construir un tiempo y un lugar donde realizar la esperanza. Susana Tamaro, Querida Matilda

¿Qué puede ser más hermoso que una puesta de sol? ¿Cuál puede ser el mejor significado para los sentidos escuchar el sonido de la brisa entre los pinares? ¿Cómo puedo estar triste, aunque esté viviendo situaciones difíciles, si soy capaz de disfrutar de un hermoso día soleado, o un hermoso atardecer lluvioso y gris? He aprendido que debemos vivir y luchar para alcanzar nuestros sueños, pero esa lucha, esa búsqueda por alcanzar metas y peldaños, no debe obviar el disfrute de lo pequeño, de lo nimio y aparentemente insignificante.

2. El valor de la soledad

La soledad es el medio más extraordinario para entrar en intimidad con nosotros mismos. Y, paradójicamente, la soledad es también el mejor medio para aprender a comunicarse. Tan solo conociéndome, es decir, conociendo mi interioridad, puedo hablar a la interioridad del otro. Estamos asaeteados, cercados, sofocados, estrangulados por todas las palabras que brincan alrededor por el aire. Cuanto menos hay que decir, más se multiplican los medios técnicos para decir. Es tragicómico, pero así es. Ríos de palabras para no decir nada. Ríos de palabras para sentirse cada vez más solos. Susana Tamaro, Querida Matilda

Hay gente que se asusta cuando no tiene compañía. Hay gente que hace lo imposible para agenciarse la compañía de otros seres. Hay gente que sale a las calles para sentir el bullicio. Hay gente que necesita tener encendida la música o la televisión, porque le aterra la sensación de soledad. ¿Será porque no quieren escuchar el latido de su corazón? ¿Será porque temen escuchar su propia conciencia, su voz interior?

Viví durante varios años fuera del país. Caminé entre multitudes y me sentí sola, muy sola. Entré a algunos restaurantes de estudiantes, buscando compañía, y la conversación trivial de los encuentros casuales no pudieron satisfacer mi necesidad de comunicación. Utilicé el teléfono y la conversación con los amigos, me produjo una mayor soledad. Decidí entonces, encerrarme en mi pequeño apartamento para estar acompañada de mí misma.

A partir de entonces, aunque adore la vida de pareja, aunque busque constantemente la presencia de amigos y familiares, disfruto el placer de la soledad, para re encontrarme sin espejismos, sin ataduras ni poses. Es el momento de la revisión personal, de la autocrítica, de la auto evaluación, de mirar hacia atrás y hacia delante para definir y redefinir la marcha.

3. De las pequeñas, importantes, pruebas de la vida

¿Y qué es la vida, la mayor parte de las veces, sino una constante, afanosa, leve y astuta fuga de uno mismo? Distraerse es fácil y natural; las ocasiones para hacerlo son infinitas y no conllevan esfuerzo alguno: Es suficiente con apretar el botón de un mando a distancia cualquiera. Pero distraerse demasiado es también muy peligroso: de tanto distraerse, al final puede ocurrir que uno se levante por la mañana, se contemple en el espejo y vea a una persona que no conoce ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Qué es lo que hago? Susana Tamaro, Querida Matilda

La vida no es, definitivamente, un lecho de rosas. La vida no es, no puede ni debe ser, un camino llano y sin tropiezos. ¡Quién no ha fallado! ¡Quién no ha cometido errores! ¡Quién no ha ofendido! ¡Quién no ha pronunciado la palabra incorrecta en el lugar equivocado! Lo importante es reconocerse vulnerable e imperfecto, entonces, con la conciencia de nuestras propias limitaciones, caminar y rectificar.

No entiendo por qué escondemos nuestras dudas e inseguridades. Tratar de ocultar lo que es evidente, nos provoca un tal estado de tensión que nos hace sufrir. Tres sencillas palabras significan descarga y placer. Pronunciar un simple ¡No lo sé! Es más fácil que buscar justificaciones vanas.

Al inicio de mis años de maestra, quería demostrar todo lo que sabía. ¡Tremendo error! En la demostración de mis conocimientos y talentos, atiborré a mis estudiantes de informaciones innecesarias. En el afán de sentirme segura, vivía afanada preparándome para las clases. Nunca me sentía segura, nunca estaba bien informada. A veces, cuando pensaba que dominaba todos los temas, aparecía siempre un joven inquieto y talentoso que hacía la pregunta incorrecta. Ante mi afán de dar respuesta satisfactoria y erudita, hablaba y hablaba. Con el tiempo comprendí, que nadie es capaz de dominar todas las cosas, que los profesores somos simples facilitadores del aprendizaje y que no existe una sola persona en el mundo que tenga todas las respuestas a todas las preguntas.

Al asumir esa conciencia, ahora voy feliz a dar mis cursos. En este semestre tengo a Manuel, un inquieto, talentoso, voraz lector, incisivo y elocuente joven que vive cuestionando y cuestionándome en las clases de Historia de las Ideas Políticas. Feliz me siento de poder decirle, un simple ¡No lo sé! cuando me atiborra de preguntas.

Creo importante también aprender a pedir perdón. ¿Por qué es tan difícil decir un simple “lo siento mucho”, “discúlpame”? Trabajo diariamente con mucha gente. Algunas veces, como puede sucederle a cualquier persona, llego atosigada al trabajo. Mi deseo es estar mejor en mi casa disfrutando de un buen libro; o simplemente no tengo ganas de atender la burocracia cotidiana y preferiría seguir escribiendo. Envuelta en mis propios conflictos internos puedo levantar la voz, decir una palabra fuera de tono y ser un poco grosera. Antes, cuando me daba cuenta de esa falta mía, callaba. Esperaba que el silencio fuera suficiente para que mi interlocutor supiera que reconocía mi falta. Hoy me doy cuenta que hay que pronunciar la palabra “perdón” para que el otro se sienta satisfecho. He aprendido que decirlo es más fácil y las cosas pueden seguir su curso sin resentimientos ni enconos encubiertos.

Hasta aquí estas reflexiones terrenales. Hasta la próxima.

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