Pensamos

ROSARIO ESPINAL
rosares@hotmail.com
Hay crisis de pensamiento político en el país, dijo el presidente Leonel Fernández, para justificar su decisión de no participar en un debate directo con los candidatos de oposición.

Su dominio de la oratoria política, su experiencia como gobernante y la ventaja que le otorgan las encuestas pre-electorales, no fueron suficientes para persuadirlo de lo contrario.

Hay muchos ofendidos, dijo la oposición; y no es para menos.

Tal vez no hay una clase pensante en el país; quizás son almas solitarias que deambulan por el devenir histórico dominicano expresando ideas. Pero pensamos.

La crisis de pensamiento político es real; aflige muchas naciones. Pero en las principales democracias, a pesar de esta crisis, los candidatos debaten ideas y propuestas frente al electorado.

El mayor problema político de la República Dominicana no es la falta de conceptualización. Es el desaforo de los políticos en despojar al pueblo para enriquecerse y sostener la ineficiente oligarquía económica que ha vivido arrimada al Estado.

El otro grave problema es la inclinación de los principales líderes políticos a considerar que sólo ellos son capaces de guiar el pueblo iletrado y depauperado hacia el progreso.

Esa fue la historia del siglo XX, y parece que asistimos a lo mismo en el XXI.

En la cotidianidad, la alianza entre políticos y empresarios expoliadores promueve un Estado que se vincula al pueblo mediante el clientelismo. Se mitiga la pobreza que genera el sistema económico, pero no se supera.

No es de conceptualización política que carece propiamente el país; es de una fuerza social capaz de vencer la alianza de poder, corrupta y excluyente, que sólo sintoniza con el pueblo cuando busca apoyo para seguir enriqueciéndose.

La clase pensante, esa que supuestamente no existe, se desgañita haciendo denuncias, analizando problemas y sugiriendo soluciones, pero al igual que el pueblo, se golpea con la pared de la impunidad y la ineficiencia que erigen los políticos.

A la fecha, ningún gobierno dominicano ha sido capaz de transformar las arcaicas maneras de hacer política basadas en la corrupción, el clientelismo y el desdeño por la ley. Así no se construye democracia.

En un sistema democrático, el veredicto sobre cuál es el mejor candidato para gobernar no lo emiten los políticos. Lo hace el pueblo constituido en ciudadanía soberana con derecho a elegir y otorgar legitimidad a los gobernantes.

El gran desafío que la democracia presenta a todas las sociedades es quebrar la práctica de que unos pocos impongan su voluntad sobre los demás, ya sea porque se atribuyan un poder divino, tengan más dinero, o proclamen poseer la sabiduría.

La democracia es una construcción social de aprendizaje colectivo, de tropiezos conjuntos, de ideales forjados en la confrontación argumentativa.

Es un sistema sin verdades preconcebidas, fuera de los derechos igualitarios que otorga a personas disímiles.

Es un espacio para la búsqueda de la verdad relativa, porque sólo en ella es posible acomodar la diversidad de creencias e intereses que emergen en la sociedad.

Por eso la democracia se fundamenta en la libertad de expresión y organización, en un sistema de gobierno electo, no impuesto arbitrariamente por ningún poder superior.

Negar la existencia de una clase pensante y actuar políticamente bajo este supuesto es arrogarse el monopolio del pensamiento.

La precariedad educativa en la sociedad dominicana dificulta, sin duda, la producción y el debate de ideas. Pero la precariedad no significa ausencia.

La mediocridad que arropa la política dominicana no se explica por la crisis de pensamiento, sino por el afán de los políticos de expoliar al pueblo para beneficio de pocos.

Hay crisis de pensamiento político, ciertamente, y los políticos son responsables de ello. No dialogar es prolongar y profundizar este penoso estado de la política dominicana. Descartar los interlocutores por sus supuestos desméritos, antes incluso de iniciar el diálogo, es sencillamente antidemocrático. ¿Por qué insistir en este camino?