Pensar con faltas ortográficas

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En su texto, Nuestra América, el insigne José Martí describe con exactitud meridiana el drama de los políticos desconectados de su realidad social. Los dominicanos hemos recibido las múltiples argumentaciones que han servido de base no sólo al pesimismo sino a toda una gama de hombres públicos con la formación y el talento suficiente para romper esa fatalidad histórica y desarrollar un proyecto de nación diferente. Desafortunadamente, no ha sido así.

José Ramón López es el arquitecto por excelencia de la edificación del azaroso destino nacional y en su libro, La alimentación y las razas, nos describe desde una óptica fatalista. Para él y otros exponentes de la inteligencia nacional, estamos marcados por una tradición que torna inviable romper las cadenas que nos mantienen en el atraso.

En los hombros de los responsables de impulsar el destino de la nación descansa una altísima cuota de culpa respecto de las taras institucionales porque una parte importante de ellos, recibieron educación privilegiada, accedieron a centros académicos en el extranjero y antes de constituirse en líderes o presidentes de sus respectivas organizaciones su discurso parecía entonar con los reclamos de las grandes mayorías. Hasta Trujillo se hizo acompañar de una red de intelectuales, dóciles frente a su amo, pero de una formación que no admite ninguna impugnación. Salvo, Américo Lugo, Viriato Fiallo y Peña Batlle, hasta su ingreso en 1941 a la red de intelectuales adictos al régimen, hubo una resistencia interna cuasi pública. Otros tuvieron que irse al exilio.

Aunque la publicación del Álbum Simbólico en 1957 marcó el punto de mayor abyección de la inteligencia nacional frente al tirano, es justo señalar que hasta la salida del escenario electoral de Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, no teníamos en el centro del debate nacional a políticos que piensan con faltas ortográficas. En esencia, éstos últimos marcaron un tramo de la transición democrática caracterizado por su formación enciclopédica, altos niveles de consistencia ideológica en el debate y un verdadero convencimiento de que la formación constituye una herramienta esencial de todo dirigente con la intención de asumir con verdadera responsabilidad las tareas del Estado.

Las reglas cambiaron. Desafortunadamente, los requerimientos ciudadanos respecto del modelo ideal de político se devaluó y la naturaleza clientelar no permite apelar a las destrezas conceptuales sino a un bolsillo capaz de resolver los problemas privados de los seguidores. Así se cuelan en el Congreso, los ayuntamientos, la dirección de los partidos y aspirantes presidenciales con enormes lagunas y un déficit argumental que terminan degradando la calidad del producto político nuestro. Aquí tenemos dirigentes que sólo en el país pueden hacer galas de gozar del favor de los electores.

Creo que todos los ciudadanos pueden aspirar a posiciones electivas. Ahora bien, todo el mundo no puede ser presidente o líder. Y mi lógica no manifiesta una convicción elitista porque mi referente político no provenía de los sectores altos de la sociedad. Por el contrario, su trascendencia en la escena pública expresó la fuerza del talento y el mérito por encima de todos los obstáculos.

Cuando uno siente que intelectuales orgánicos del nivel de Máximo Avilés Blonda, Freddy Gatón, Lupo Hernández, Abelardo Vicioso, Manuel Valerio, Aida Cartagena, Sánchez Lamouth, Carlos Curiel pusieron sus plumas al servicio del Benefactor, uno tiene que entender la desgracia de vivir asfixiados en medio de un régimen que facilitó el amargo dilema de entregar parte de su producción intelectual a la causa trujillista. Esos talentos sirvieron para suplir al que pensaba con faltas ortográficas.