Pensar en el uso sustentable y responsable del agua

De niña mis primeros baños fueron en el río, primero en Noná y luego en La Malena, ambos ríos caudalosos donde además del aseo de las familias se recolectaba el agua para el uso de los hogares, para saciar la sed y sostener la vida.
Tanto Noná, como La Malena, ubicados en el ecosistema de la loma Quitaespuelas, en la cordillera septentrional, fueron mis primeros ríos; recuerdo sus aguas cristalinas, sus enormes piedras blancas y el gozo de tener ríos cercanos.
No preciso el año, pero hubo una gran sequía, – todavía no había visitado la ciudad, era una feliz niña rural, cuyo mundo era el paraíso donde compartíamos el sonido de la brisa, el canto de las aves y el susurro de las aguas de los ríos-.
Era cuaresma, como ahora, y Noná se secó. No se imaginan lo que significó para mi ver lo que era ver el rio lleno de hojas secas, caminar donde era hondo antes, pisar en seco donde antes no hacía pie, resultó terrible para mí acompañar a mi madre a un lugar lejano en busca de agua para lavar.
La sequia siguió, y los campesinos decidieron al unísono, implorar a Dios que lloviera. Se juntaron todos incluyendo a mi familia, e iniciaron una peregrinación por todo lo largo del rio lleno de hojas de cacao, de café, de amapolas y guamas entre otras plantas del bosque húmedo subtropical.
Caminar junto a mi madre, con un rosario rezando encima de lo que era el río, escuchar las plegarias para que viniera la lluvia, me estremecía de tal manera que nunca podré olvidar.
Todas las familias, de El Picacho, y zonas aledañas rezando para que lloviera. El sol azotaba, pero los árboles nos protegían con sus sombras y las hojas secas tapizaban todo lo que era la pendiente del rio.
Lo único que amortiguaba el pánico era el “pozo de Lalo” un manantial de agua dulce, de donde se extraía el agua de tomar. Era un agua muy buena, de un pozo tan generoso del que han tomado agua muchísimas generaciones y que todavía existe.
Es una pequeña fosa de la que hay que sacar con un “jarro” poco a poco el agua, pero nos sirvió para que viviéramos y propiciar el aseo de manera racional en la casa en una batea y aunque no se usaba la palabra “reciclar” sí que lo hacíamos en el campo.
Es que nadie que no sea campesino siente la falta de agua como realmente es. Sé que son los campesinos los que más sienten las sequias; no tienen otra alternativa que el rio y la lluvia que es acaparada en estanques, ahora hay quienes preparan reservorios, pero si no llueve estos también se agotan.
Siempre escucho las historias de mis tíos cuando se produjo el Primer Centenario de la Independencia, se le llamo “el centenario” un año de una sequia tan grande que no aparecía que comer, no había producción de nada.
Ahora con una gran sequía, con algunos conocimientos sobre el consumo sostenible y responsable y por ser este 15 de marzo Día Internacional del Consumidor, entiendo mejor el concepto del consumo sustentable y responsable del recurso agua, un bien amenazado, que se agota en el mundo y que ya en el país ha causado estragos en el ganado y pensar en quienes serían las próximas víctimas si no actuamos.
Tenemos el compromiso de dejarle agua y alimentos a las futuras generaciones, tenemos que actuar de cara al porvenir.