¡Peor que colonias!

Parece una constante histórica de carácter geopolítico, que en la periferia de toda gran potencia o imperio proliferen Estados débiles, fracturados o fallidos. Con gran diversidad cultural y étnica y problemas de integración, son fuente continúa de inestabilidad y conflictos. En ocasiones, estas zonas volátiles incrementan su vulnerabilidad intrínseca, cuando otras potencias o fuerzas enemigas, cercanas o remotas, las aprovechan dentro de los juegos de poder mundial. Entonces se convierten en teatro de intensos conflictos.
Para las potencias europeas han sido los Balcanes y los Sudetes . Para Rusia el Cáucaso. China proyecta de nuevo su poder hacia sus vecinos del Sudeste asiático, donde por siglos mantuvo una relación singular de reconocimiento con “reinos tributarios”.
El Gran Caribe responde netamente a esa condición. Algunos lo llaman, despectivamente, “patio trasero” de Estados Unidos. El estratego francés Alexandre de Marenches prefirió “vientre bajo”, consciente de su grado de exposición.
Los norteamericanos conocen su importancia en materia de seguridad: después de afirmar la doctrina Monroe, ante intentos de penetración del Caribe por potencias europeas hostiles, decretaron a comienzos del siglo XX el Corolario Roosevelt, acompañado de numerosas ocupaciones militares.
La gestión de Estados Unidos de sus relaciones con la región Gran Caribe acusa un balance negativo. Está lejos fortalecer la seguridad, la estabilidad y el progreso tanto de los naciones que la integran como la suya propia.
Se trata de una política reactiva y oscilante, ineficaz y poco previsora, de doble estándar y acomodaticia, en la que la hipocresía y el cinismo echan hondas raíces.
Con suma frecuencia las relaciones asimétricas de poder que la potencia mundial mantiene con los estados frágiles de la región se resuelve con altos niveles de injerencias e intervención. Algo que, a su vez, solo incrementa riesgos, amenazas y procesos de radicalización.
Lejos de ser tratados con respeto como aliados y socios, los pueblos del Gran Caribe reciben un trato de vasallaje, peor que colonias. República Dominicana y Haití son ejemplos elocuentes.
De facto, la República Imperial, con múltiples centros de poder, pasa a convertirse, en un poder interno decisivo. Cuando algunos hablan de “La Embajada” o “Los Americanos” lo hacen con la unción y convicción de que se refieren al poder superior.
Pero eso, muchas veces, se debe a que los actores locales también saben manipular, envolver, enredar, corromper, financiar, comprometer, para sus particulares ventajas.
EUA es demasiado poderoso para reconocer y respetar límites y formas, más cuando tienen de frente muchos actores que por temor, por favor o por indignidad, están prestos a someterse, o peor aún, a competir por ser los más obsequiosos, aunque sea sacrificando los intereses superiores de sus naciones.