Perdidos en el espacio

Cuando éramos muchachos, en momentos que ni por asomo se soñaba en los crudamente espurios reality shows, o en las actualmente desvanecidas por inútiles megadivas, ni en la vulgaridad aberrante de cómo se expresan algunos personajes a través de los medios, disfrutábamos de series de televisión que hacían las delicias de grandes y chicos, con títulos que se han convertido en clásicos como lo fueron Bonanza, Misión Imposible, Batman, El Hombre nuclear, Viaje a las estrellas y mucho más, colmando de sano entretenimiento esos tiempos menos aciagos a los que hoy, lamentablemente padecemos.

Pero había una serie que era nuestra favorita, la cual, capítulo tras capítulo, nos narraba las múltiples peripecias sufridas por la familia Robinson debido a las maliciosas torpezas del doctor Smith, y que el parlanchín “Robot”, lo sacaba de aprietos en su errático deambular a través del cosmos a bordo del Júpiter 2, tratando de buscar una ruta segura que los llevara de vuelta a la Tierra, cuando una metida de pata del veleidoso doctor los sacó del trayecto programado, perdiéndose para siempre en el espacio. Como todos recordarán, se trata de la querida teleserie: “Perdidos en el espacio”.

Traemos a colación esta serie, pues en ella se mostraba, ingenuamente, claro está, de la altísima preparación y aptitud que deben poseer los tripulantes de las naves espaciales, de los programas que como los de la NASA, se invierten centenares o miles de millones de dólares, y del peligro de abortarse una misión cuando hay personas no aptas (más bien ineptas) para dichos vuelos siderales.

Según describe una muy conocida revista de divulgación científica, “Muy Interesante”, en la preparación de un astronauta interviniera, además de una intensa preparación física para absorber la enorme presión de trabajo y aguantar el poderoso impulso inicial de fuerzas G, y la posterior ingravidez al vencer la atracción terrestre, el poseer una altísima cualificación en el plano intelectual y académico, para poder tripular, realizar experimentos científicos, y a su vez, afrontar la infinidad de eventualidades y factores de riesgo que pondrían en peligro un proyecto altamente costoso como lo es una misión en el espacio.

Dice la aludida publicación, que no existe carrera más rigurosa y difícil que esa, la de astronauta, pues cualquier error, tanto desde el mando central en Tierra, así como en la cabina de la nave, puede costarle la vida a todos los tripulantes, a lo que nosotros, humildes profanos como somos, refutaríamos tal afirmación, pues creemos que existe otro oficio, tal vez no tan sonoro ni que llene a las mentes infantiles de tantas vocaciones precoces, pero en donde cualquier error e irresponsabilidad en su manejo, tiene consecuencias nefastas no para uno, ni dos, ni para siete tripulantes como ocurrió en el accidente del último transbordador espacial, sino que se puede llevar de encuentro a cientos de miles, tal vez millones de personas, convirtiéndolos de seres con un aceptable nivel de vida, a verdaderos desarrapados muertos de hambre y miseria, y cuidado si a la misma tumba.

Nos referimos a la primera magistratura del Estado, en donde un mandatario, tal como sería la conducta de un astronauta, tiene que poseer la suficiente capacidad de discernimiento, cabeza fría e instinto, para leer eficazmente el instrumental de vuelo representado por su gestión, graficado no con altímetros, marcadores de velocidad, temperatura, presión atmosférica, oxígeno, giroscopios y demás parafernalia tecnológica, sino representado por las leyes, el accionar de los agentes económicos, el escrutinio atento del pueblo, de la iglesia y el empresariado, salvaguardando al pilar más importante de cualquier economía que es la moneda (aunque algunos aventureros neoliberales por ahí digan lo contrario); en la inversión de suficientes recursos para la salud, la educación y vivienda; en el incentivo a la producción de bienes y servicios para la exportación, así como en la optimización de las instituciones públicas librándolas de esa rémora que es el clientelismo político, en fin, en el buen manejo de esta nave que es el país, y usando como carta de navegación que nos llevará hacia nuestro destino seguro, al marco ético y jurídico brindado por nuestra Carta Magna: la Constitución.

Pero es lamentable que es en esta arriesgadísima carrera, infinitamente más compleja y delicada que los vuelos especiales tripulados, debido a las catastróficas consecuencias a las que, de hecho, nos está llevando, ocurra igual como en la serie de televisión, es decir, que estemos dando tumbos inútiles de un lado para el otro del cosmos, causados por la villana estulticia de un más que torpe a la enésima potencia, doctor Smith de marras.