Perfil de un corrupto

JOSÉ RAMON MARTINEZ BURGOS
Siempre he sido de opinión que la corrupción política en las democracias, puede, sin alterarse, ser asimilada por ésta hasta cierto nivel, pero cuando se sobrepasa ese porcentaje, la sociedad en su conjunto puede quedar afectada y además sufrir un deterioro significativo, sobre todo si se está consciente que siempre existen aspectos deteriorados de la sociedad en otros ambientes que no corresponden a la política propiamente. ¿Existe alguna sociedad sin corruptos? Quizá sea imposible.

Hay algunos cínicos que piensan que los corruptos son como la sal de la tierra, pero eso no es cierto, porque el correr de los años nos ha enseñado que hay corrupción en todo y nada se salva de ella, ya que toda sociedad es un organismo vivo, pero también, decir que todos los políticos son corruptos es una falsedad y por qué no, un delito, pues lo que es preciso determinar son los diversos aspectos de la corrupción en los amplios estratos de la vida pública. Lo que sucede, fundamentalmente, que produce confusión, es la forma en que se sabe defender el corrupto, pues las pruebas son difíciles de demostrar. ¿Como se prueba sin discusiones inútiles que una persona es corrupta? Aún cuando las pruebas son evidentes, el corrupto las niega olímpicamente aún frente a la justicia. El ejemplo más claro es en la falsificación de obras de arte, el cual ha hecho rico a muchos felices corruptos. Los corruptos han triunfado en todas las profesiones, sobre todo en los intelectuales, que en si no es una profesión, sino seres con un alto derecho a equivocarse y sobre todo a meter la pata, pero han sabido ganarse grandes privilegios y altos cargos. Son los artífices del gusto que lisonjean hábilmente a las masas, por lo que ganan mucho dinero y por lo que son vigentes en los secretos de todos los partidos políticos y en los distintos colectivos de la sociedad.

Es que la capacidad de adaptación de ese clan es muy grande, por eso ganan mucho dinero, por su cara de bandido, que inspira confianza a los políticos, además, el corrupto está muy convencido de que no lo es, y, hasta se gasta el lujo de llevar la cabeza en alto, aún cuando en algún momento se la partan sin el conocimiento de la justicia.

En nuestro país, que tiene un perfil de ensoñación de la corrupción, todavía no ha aparecido el hombre que detenga los albañales de los partidos políticos y por eso regurgitan desperdicios y no hay forma de hacer recular la porquería. Por eso muchas veces echamos en falta la necesidad de un fontanero que deshaga los atascos, que quite la obturación, para que vuelvan a circular por las alcantarillas de la sociedad las aguas pestilentes. Es que la política dominicana le falló la alcantarilla y ahora las ratas de innumerables descomposiciones han salido en manadas a la vida nacional, tal como aparecen en la obra de Albert Camus, La Peste. Solo una justicia honesta, íntegra y comprometida con el futuro de las nuevas generaciones salvará la República, para que el país no se convierta en un Estado Fallido

A veces tenemos la sensación de que a los partidos políticos les conviene enterrar los cadáveres putrefactos de la corrupción, como aquel cadáver que crecía dentro del armario, escandaloso e inocultable en aquella obra de Ionesco, que no recuerdo, pero que es como el agua que cae al suelo y no se puede recoger. Resulta que en política, una vez que la hiena, que es super inteligente, desentierra los cadáveres, es prácticamente imposible regresarlos a la fosa. Por eso ciertos gobiernos no persiguen a los corruptos, porque saben que los dinosaurios vuelven, emergen de los pantanos de los partidos tan pronto llegan los serviles al congreso o al ejecutivo de la Nación; por eso no hay condenas, por eso no podemos divertirnos como niños con las escenas del teatro político. ¿Es liberalismo? ¿Es pecado?

Por eso nos quedamos mejor con el museo de Ciencias Naturales, porque allí solo hay animales irreprochables y no hay aves de carroña que hieden en el fondo desalcantarillado de nuestros partidos políticos. Por suerte para nosotros, lo que sucede en nuestro país no es vitalicio como creían Trujillo aquí y Ceaucesco, en Rumania. Ahora hay un pueblo de más de nueve millones, casi diez millones, que va decidir su propia suerte y en las próximas elecciones los resultados van a ser contundentes y dirán como va a constituirse el verdadero poder; se acabó el tiempo, no habrá voto inconfesable, voto del perdido, ni voto del descontento ni del temor, pues el país hay que arreglarlo para que el voto sea de conciencia y se acabe la corrupción.