Pesadilla

La humanidad observa con estupor la expansión de una ola de terrorismo que cada vez aniquila más vidas y diversifica blancos a nombre de una causa basada en el menosprecio del ser humano.

Este estilo de lucha no sólo tiene sus raíces “al otro lado del mundo”, sino también en América. Posiblemente en Colombia y Turquía la lucha tiene causas muy disímiles, pero en uno y otro lugar el terror tiene el mismo efecto -destrucción de vidas y propiedades- y genera los mismos repudios y acarrea las mismas consecuencias en términos de pérdidas de vidas humanas, destrucción de propiedades e intranquilidad social.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001 contra objetivos en Estados Unidos mostraron al mundo el tamaño del desprecio por la vida que sienten los patrocinadores de esta causa. Esos atentados indujeron, como era de esperarse, represalias que tuvieron su primer impacto en Afganistan y han continuado en Irak, aunque en este último país ha ocurrido una ocupación militar por motivos tal vez muy exagerados y que no conducirá a nada bueno para los invadidos ni para los invasores.

Desde estos acontecimientos en adelante, la tranquilidad de la humanidad ha estado en ascuas, a pesar de que voces con tanta autoridad como la del Papa Juan Pablo II se han levantado para repudiar el terorismo y demandar respeto por la vida.

Si algo no se entiende del terrorismo es la forma en que se dispone de la vida, elemento en beneficio del cual deben ser libradas todas las luchas humanas.

Hoy por hoy, la seguridad de la gente en muchas partes del mundo está seriamente amenazada, pues nadie sabe dónde va a golpear la próxima vez. Unos misioneros religiosos ecuatorianos enfrentaron el horror de un atentado terrorista, cuando un fanático de esta causa abrió fuego contra peregrinos en Israel, cuya única osadía fue buscar gozo espiritual a través del ejercicio de la fe. No hay casualidad ni accidente en cuanto a la nacionalidad de estas víctimas, pues el terrorismo sólo reclama como cuotas que sean vidas, no nacionalidades.

Los países que aborrecen el terrorismo, que son mayoría, deberían lanzarse a una gran cruzada para poner de relieve en todo momento el valor de la vida y el respeto que ella merece.

[b]Prevención[/b]

Entre sus muchas y lamentables consecuencias, las inundaciones dejan una grave amenaza de orden sanitario.

Las acumulaciones de agua son hospedaje propicio para la multiplicación de mosquitos transmisores de dengue, malaria y otras enfermedades. La descomposición de materia vegetal y animal, por otro lado, fomenta microrganismos patógenos peligrosos para los seres humanos.

La contaminación de las aguas de consumo humano es otra seria amenaza para la salud.

Las autoridades sanitarias saben todo eso y mucho más, y por tanto, están llamadas a tomar acción en beneficio de miles de damnificados que tenemos en gran parte del Cibao, el Noreste y la Línea Noroeste.

Creemos que el Gobierno está en el deber de aportar con carácter de urgencia los recursos necesarios para adquirir vacunas, materiales y equipos para una acelerada inmunización, sobre todo infantil.

En días pasados el secretario de Salud Pública, José Rodríguez Soldevila, hablaba de la necesidad de recursos que tiene esa cartera para emprender tareas de saneamiento en las zonas inundadas. Esta es una necesidad que hay que cubrir en lo inmediato, para actuar con tiempo en la preparación de equipos y personal que debe ser enviado urgentemente hacia la zona de tragedia. Las tardanzas son perjudiciales para la salud.