Pica-pica con placas

Después de todo, a las tinieblas debo una vuelta momentánea a la nostalgia o por lo menos la donación de una dulce alienación. El locrio de pica-pica se me ocurrió en medio de un cotidiano apagón que ya amenazaba sobrepasar las veinte horas y solo quería dejar escape por la ruta de la rabia que daña el corazón.

Durante las décadas de los sesenta, setenta, ochenta y hasta noventa, esa comida era una vergüenza para una parte de la población. Igual pasaba con el arenque y el bacalao cuyos incontenibles olores revelaban al vecindario que se iba camino a la indigencia.

Para los jóvenes provincianos no era una afrenta. Un locrio de pica-pica o de arenque o de bacalao significaba mucho: el convite en el conuco, el “tú traes” lo del “cocinao” de la noche huérfana de diversión para acompañar los cuentos e historias del pueblo en la esquina (cada quien se comprometía a llevar algún insumo conforme las posibilidades). Era un pedacito de la vida pueblerina que generaba solidaridad, integración, creatividad y distanciamiento de los vicios.

Para los universitarios provincianos era un intento por sobrevivir en la jungla, la capital, donde la honestidad y el buen nombre del ser humano se mide por los bienes que posee, no por los valores. Para quienes vivían en casas de estudiantes era la solución más socorrida, por barata y rápida. Una latita con sardinas y los demás insumos valían centavos.

Pero ¡cuánto ha cambiado todo! La pica-pica se ha vuelto comparona y amenaza con cambiar de estatus como ya hicieron el arenque, el bacalao y hasta el señor plátano al que hace un par de noches vi extasiado en un rincón de un supermercado ofertándose en especial a dos pesos con cincuenta mientras un tropel de compradores quería aprovechar la “oportunidad”.

Me requeteconvencí cuando fui al colmado de la esquina con los recuerdos de la niñez y la adolescencia en plena ebullición. Una pica-pica oscila sobre los diez pesos, la libra de cebolla a 28 y la de ajo a 60, sin contar los demás condimentos, el arroz y el gas licuado para prender la estufa.

El dueño del colmado me comentó que no podía hacer otra cosa porque todo le sale muy caro. Sentí un vacío en el estómago y me surgieron ganas de olvidar el santo locrio. Pero más pudo la nostalgia de evocar mis tiempos de estudiante en Pedernales y en la Uasd. En pocos minutos hacía de cocinero al ritmo del contoneo de la llama de una velita enclenque que coloqué sobre un borde la estufa (los apagones son tan largos que las baterías de los inversores no se cargan).

Más tarde, en medio de la oscuridad, el olor penetrante del locrio de pica-pica indicaba que estaba ya listo para servir. Esto no impidió sin embargo que llegara a la mente como una película el cambio de placas para los vehículos de motor. Me pregunté el porqué de pica-pica con placa. Después de pensar unos minutos comprendí que el cerebro no me traicionaba, que solo me recordaba el plazo mortal dado por el Gobierno para la expedición de una chapa que a alguien se le ocurrió cambiar en medio de la peor crisis económica que ha vivido el país en muchos años.

Y comprendí que, como la pica-pica, el arenque y el bacalao, el precio de la chapa y la negación para alargar el plazo hasta enero es un indicador de la desconsideración que sufre la moribunda clase media dominicana, la cual tendría que volver al uso de los burros como medio de transporte. Si a esos solípedos no les ponen impuestos ni aumentan de precio por la demanda.