Pienso, luego existo; entiendo, luego elijo

Usaré más mi segundo apellido; me recuerda a mi madre y mis gentes de La Penda. Usaré mi segundo nombre, porque silvestres quedan pocas cosas.
El tema, empero, es Descartes; quien diose cuenta de que si usted piensa, entonces no debe dudar de que igualmente existe. Usted incluso puede seguir pensando sin la ayuda de filósofos, y aún siendo del Cibao puede usted darse cuenta también de que si, además de pensar, entiende, entonces también tiene la posibilidad de elegir.
La dificultad suele ser que solemos estar más empeñados en hablar que en entender. El caso de loros y guacamayos: fascinados con su propia declamación ni siquiera se ocupan de entender lo que ellos mismos dicen.
Hay también letrados fascinados con sus propias gárgaras mentales.
Lo de entender resulta algo diferente a pensar. Otro filósofo decía que pensar es poner un producto de la mente “en la luminosidad de la consciencia”. Dicha luminosidad parece, sin embargo, tener nubosidades y turbulencias en muchos de nosotros. Algunos faltosos de energía, que no se conectaron, no la pagan, o le llega con apagones. Hay otros que han estado expuestos a demasiados ruidos: cherchas, bachatas, tertulias radiales, telenovelas, anuncios de bebidas populares, entre otros elementos tóxicos. Hay no pocos que, sin embargo, han tenido la ocasión de sentarse tranquilos en un banco a la sombra en el parque, en la iglesia, o en su mecedora de guano a clarificarse y aumentar su “luminosidad mental”.
Luego, (palabra aupada por Descartes), han podido darse cuenta de cosas que ellos y otros han estado pensando.
Lo siguiente, e importante, es estar en condiciones de poder elegir acerca de lo que se ha estado pensando.
Pero si usted está comprometido con determinados negocios e intereses, entonces usted ya eligió, o sea, entregó su libertad y posibilidad de elegir. Ejemplo: Si usted tiene mucho apego al trago o al cigarrillo, entonces no acepta que nadie siquiera le proponga dejar la toma o la fuma; e incluso no puede entender cómo es que otros se pasan la vida sin beberse un trago ni fumarse un cigarrillo.
O sea, que ni puede entender ni puede elegir. A algo así llamaban otros sabios “problemas ideológicos”; los campesinos cibaeños lo resumían diciendo: “Una cosa piensa el burro y otra el que lo apareja”.
Para poder elegir, usted tiene que tener la habilidad de ponerse en el lugar del burro y en la del dueño, y mantenerse dignamente en su puesto; y luego ver si tiene usted sana capacidad emocional para elegir (decidir) cuándo tiene uno o el otro la razón, al tiempo de mirarse a sí mismo, su propia consciencia, (y si no le debe usted dinero al dueño o favores al burro).
Luego, es ahora más probable que usted pueda pensar, decidir y elegir con mayor libertad.
Se recomienda acudir a Dios, para que nos dé serenidad y buen sentido, para que nuestra consciencia esté libre de brumas. Jesús dice: La verdad os hará libres. También está en nuestro escudo nacional.