Pinar del Río, ecoturismo en Cuba

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Para llegar a la capital del mismo nombre recorremos desde La Habana 145 kilómetros por la autopista del oeste, una ruta polvorienta, como todas las demás de la isla, trazada con seis pistas para albergar un tráfico que brilla por su ausencia. Nos cruzamos a veces con bicicletas, carros de mulas, vehículos más modernos de marcas asiáticas alquilados por turistas y algún Buick de los años 50 que trata de competir en velocidad con nuestro minibús hecho en Brasil. Pero la pericia de los mecánicos cubanos para mantener funcionando los vehículos que les dejaron los estadounidenses hace cinco décadas no puede con las técnicas modernas.

La mayor parte del trayecto lo hacemos en solitario, con el punteo de las multitudes que se agolpan en ciertas áreas en espera de la guagua que muchas veces no llega, o de un conductor caritativo que les acerque al destino.

A intervalos, atraviesan la autopista unos puentes que no llevan a ninguna parte y cuya única finalidad parece ser la de sostener grandes pancartas con lemas revolucionarios. “Siempre en combate”, “Honor y gloria eterna al pueblo”, “Cuba contra el terrorismo y contra la guerra”. Muchas de las consignas van firmadas por el “Che” Guevara, que se ha convertido en el héroe por antonomasia de la revolución.

Finalmente nos adentramos en la provincia de Pinar del Río y nos sorprende el verde que contrasta con la ruta marrón que nos llevó hasta allí. Los primeros colonizadores españoles no llegaron a la punta occidental de Cuba, pero se tienen noticias de que en el siglo XVI empezaron a asentarse en la zona poblaciones procedentes de las Islas Canarias.

[b]El tabaco más famoso del mundo[/b]

La región ha sido siempre eminentemente agrícola pero la principal producción, sin duda alguna, es el tabaco de Vueltaabajo, el más famoso del mundo. Las fábricas empezaron a surgir en el siglo XIX y muchos de los cafetales estuvieron en manos de franceses.

Uno de ellos, el de Buenavista, forma parte ahora de la nueva riqueza de Cuba, el ecoturismo. Un guía local nos enseña las antiguas instalaciones, abiertas a los visitantes desde 1994 y donde todavía se aprecian muestras de la variada flora que acompañaba a las plantas del café. Uno de los árboles más característicos es el llamado “indio desnudo”, el almácigo, que con su tronco rojo bajo la corteza, recuerda la piel de los indios “o la de un turista quemado por el sol”, puntualiza el guía.

Desde la parte más alta se puede apreciar la costa de México en días claros. Al otro lado está el Hotel Moka, una comunidad autofinanciada por el turismo donde se ha recogido a los campesinos aislados que antes malvivían en las montañas. En las instalaciones del hotel perciben un salario del gobierno, escaso a nuestros ojos, pero que con las propinas les permite vivir bien y lo que es mejor, conservar el área y mantener sus cultivos ancestrales.

Pero todavía nos espera la sorpresa del valle de Viñales. Su curioso perfil, con los montículos redondeados que surgen del suelo, los “mogotes”, que le ha valido desde 1999 el título de Paisaje Cultural de la Humanidad que otorga la Unesco. Se trata de una armoniosa mezcla de tierras cultivadas, bohíos para el secado de las hojas de tabaco, vegetación exuberante y las formaciones geológicas que ocultan unas diez mil cuevas.

Poco antes, hemos atravesado el pueblo de Viñales, una sucesión de casas de una sola planta, pulcras y bien cuidadas entre una vegetación respetada, donde la población se mueve sin prisas.

Son formaciones calizas muy desgastadas por la erosión y cubiertas por una abundante vegetación que los asemeja a grandes cabezas peludas que emergen de la planicie. La tierra roja de los campos de labor, en contraste con el verde, crea un cromatismo difícil de olvidar.

Otra cara de cuba

Vale la pena acercarse a alguno de los balnearios que surgieron gracias a la abundancia de aguas minero medicinales de la zona, como los de San Diego de los Baños.

Conscientes de la importancia del turismo ecológico, las autoridades cubanas cuidan las instalaciones y el visitante encuentra las comodidades a que está acostumbrado en medio de un paisaje distinto y con unos nativos siempre deseosos de agradar.

Para el viajero, Pinar del Río puede ser un buen comienzo para conocer Cuba de una forma distinta y respetuosa con el medio ambiente. Hay muchas más reservas naturales con posibilidades, como los Topes de Collantes, cerca de Trinidad, la península de Zapata, Cayo Coco o Sierra Maestra. Todas ellas disponen de guías locales bien informados que acompañan al viajero con un doble fin: explicarle las características de la zona y cuidar de que la naturaleza se mantenga. Una experiencia placentera e inolvidable.