“PINOCHO” se reinventa en el Teatro Guloya

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El muñeco de madera. Mi padre, el buen Geppetto, me mandó para la escuela”.
Con estos versos iniciaba aquella canción que solíamos cantar en nuestra niñez; luego leímos el cuento de “Pinocho” en los “paquitos” de la época, y aquel muñeco de madera pasó a formar parte de nuestra memoria infantil.

Pero Pinocho además, se convirtió en una advertencia un tanto tenebrosa utilizada por nuestros padres, al decirnos “no digan mentiras, porque les va crecer la nariz como a Pinocho”.

Origen. El poeta romano Ovidio –43 a. C– en su poema de quince libros “Las metamorfosis”, epopeya basada en relatos de la mitología grecorromana, específicamente en el libro X “El mito de Pigmalión”, cuenta cómo el rey de Chipre, el escultor Pigmalión, se enamoró de la estatua –Galatea– que había tallado, y que luego cobró vida, tras la intervención de la diosa Afrodita.

Siglos más tarde, este argumento base fue utilizado por el escritor Carlo Lorenzini, más conocido como Carlo Collodi, en su cuento infantil “Las aventuras de Pinocho”. El cuento se hizo famoso, y hasta fue llevado al cine en una particular película de Disney.
En 1913, el dramaturgo, crítico y polemista irlandés George Bernard Shaw publica su obra de teatro “Pigmalión”, basada en el relato de Ovidio. Años después, el significado del mito griego es tomado por la psicología moderna para designar como “efecto Pigmalión” la influencia, positiva o negativa, que una persona pueda ejercer sobre otra en cuanto a su desempeño.

Pinocho. “Hubo una vez un carpintero llamado Geppetto que al no tener hijos, creó un muñeco de madera al que le dio vida, y lo llamó Pinocho”.
El talentoso actor, dramaturgo y director Claudio Rivera presentó en el Teatro Guloya su adaptación del cuento de Collodi y se reinventó a Pinocho, por el que ha transcurrido el tiempo y ha dejado de ser un niño para convertirse en un adolescente que sufre, se siente perdido “en un mundo que no alcanza a comprender” y busca respuestas, pero más que nada, necesita un corazón.

La versión de Rivera –no distante del original– hace énfasis en la formación del individuo, basada en el honor y la virtud. Y la madera de pino, la más maleable, con la que Geppetto ha creado su muñeco, es la metáfora, verdad, mentira, es la posibilidad de cambiar.

Geppetto moldea su creación a través de sus enseñanzas, solo espera que se convierta en un ser consciente capaz de diferenciar el bien y el mal, lo que finalmente logra – efecto Pigmalión–.

Claudio Rivera, dramaturgista, en su condición de actor interpreta a Geppetto y comparte escenario con el joven Dimitri Rivera, quien encarna a Pinocho, y como en el cuento, son padre e hijo, entrañable mutual.

Al muñeco títere, en sus aventuras lo llevan a reunirse a escondidas con sus amigos, uno de ellos es Pepe Grillo, con quien discute, pero cada vez que Pinocho miente a Geppetto sobre estos encuentros, su nariz crece, y es mucho lo que ha mentido porque ya adolescente es extremadamente larga.

Dimitri Rivera proyecta a este Pinocho en su verdadera esencia, inocencia y expectativa; hay en su actuación una pasión que se desborda en cada escena y consigue esa comunicación vital con el espectador, su gesticulación y movimiento elocuentes son herramientas adicionales, muy bien utilizadas, que definen una estética actoral. Tuvimos oportunidad de ver actuar a Dimitri siendo un niño y advertimos su gran potencial; hoy, siendo un adolescente se acrecienta, cercano ya, con esfuerzo y voluntad, a la realización plena.

Claudio Rivera, como Geppetto, es el padre autoritario, pero lleno de amor, y luego convertido en cada uno de los muñecos –amigos de Pinocho– hace un despliegue de histrionismo estupendo. Las escenas, de gran colorido, resaltadas por la iluminación de Ernesto López, así como los aditamentos y caretas propias de los personajes, nos remiten a los saltimbanquis ambulantes, reminiscencias de la comedia del arte.

En las escenas dialogadas, Geppetto y Pinocho, –Claudio y Dimitri– crean un vínculo vital, una comunicación que logra emocionar.

La sensibilidad de Rivera lo lleva a elaborar, a partir de un cuento infantil, una propuesta creativa, poética, salpicada de color local, que se manifiesta en la música, cuando entre otras canciones de nuestro acervo, escuchamos los versos del himno a las madres “Venid los moradores/ del campo y la ciudad”.

Pinocho escucha con un dejo de nostalgia… no conoce una madre; en otros instantes de marcado optimismo se escucha “La vie en rose”, y siendo Rivera como es, artista, reflejo de su tiempo, la pincelada social está presente: utiliza la figura de Geppetto para advertir a Pinocho del peligro que representan aquellos demagogos que mienten y se burlan de los más incautos. La advertencia no pudo ser más oportuna.

Como en un cuento de hadas, el final, más que feliz es conmovedor; la escena es visualmente hermosa, alegórica, Pinocho y Geppetto, unidos en el amor filial, en la búsqueda de un corazón que Pinocho finalmente encuentra. La emoción nos embarga sin poder evitar que una furtiva lágrima asomara a nuestros ojos.

Claudio Rivera, cual Geppetto, ha ido modelando, creando expectativas sobre su Pinocho, que hoy Dimitri, con creces, ha superado -efecto Pigmalión.