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Cristo ya nació

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Nunca estuvo en los planes de José moverse del lugar donde vivía, al  menos antes de que su esposa diera a luz. Ellos esperaban un niño, pero no tenían fecha segura para el nacimiento.

Es verdad, no siempre las cosas suceden como uno desea y al oído de José llegó la noticia de que el gobierno mandó a hacer un censo de personas. Cada uno tenía que ir a su pueblo de origen para que lo anotaran  allá.

José y su esposa María  vivían en Nazaret, en la provincia de Galilea, pero eran nativos de Belén, un pueblito de  Judea. Eso era muy lejos para ellos. Pero era una orden del emperador.

 A José le entró un miedo, sin embargo se lo ocultó a su esposa. Él pensó: “Este viaje es muy largo, en eso puede llegarle a María la hora del parto…”. Cuando le habló del viaje de Nazaret a Belén, ella se puso triste y  dijo:

– Ay, José, y si nuestro hijo nace en ese camino…

-No, no es tiempo todavía, pero si sucediera, Dios estará con nosotros  -respondió José,  abrazándola.

 Vecinos y amigos  trataban de convencer a José de que no hiciera ese viaje con su esposa.

-Peor sería irme y dejarla sola – respondió él.

Prepararon algunos alimentos para el camino y salieron. El censo tenía algún motivo político pues el país de José estaba ocupado por otro país grande, muy grande, que tenía muchos soldados. En la región donde vivían María y José, el censo era dirigido por un tal Cirino o Quirino, que poco importa como se llamara.

Un hombre llamado Judas Galileo quiso organizar a la gente para que se negara a este censo, porque eso era para saber cuánta gente debía pagarle un impuesto al gobierno del país invasor. Pero a este hombre lo detuvieron y su protesta fracasó.

 José disponía de un burro para cargar maderas con la que realizaba su trabajo de carpintero. En ese burro montó a María y emprendió su viaje. Era un camino pedregoso y accidentado, pero José trataba de hacer agradable el viaje hablando de las cosas bellas que  aparecían a su vista.

Todas las personas que encontraron durante el viaje se asombraron de que fueran tan lejos. Unos llegaban a las cercanías del monte Tabor, otros  hasta Jericó o Bethania.

 José orillaba el Jordán y se guiaba   de ese gran río, que es muy derechito. Se refrescaban y descansaban a orillas del Jordán y también el burro  descansaba y saciaba su sed.

Pasaron semanas. Al fin llegaron a Belén, donde habrían de permanecer unos días. Entonces José comenzó a tocar puertas para buscar alojamiento.

-Tun, tun

 -¿Quién es?

– Soy José y pido posada con mi mujer.

– ¿Trae dinero?

– Muy poco.

– Así no puedo.

José siguió  tocando puertas y en la siguiente dijo de antemano que tenía poco dinero

-Pues, no hay espacio, siga hacia adelante – le dijeron.

Siguió andando y aumentó su preocupación, pues María le dijo que sentía dolor.

-Ay, José, parece que nuestro hijo está por llegar.

Llegaron a otro mesón, José toca y toca.

-¿Quién es a esta hora? –respondió una voz no agradable.

– José, sí… José…vengo de Nazaret soy de la familia de David.

– ¿Trae dinero o algo que cambiar?

– Poco, señor.

– Pues mejor siga al otro mesón

María permanecía sobre el burro y sentía un cansancio insoportable. José ya no sabía como ocultarle a su esposa las respuestas negativas  que daban los mesoneros. Le dolía por dentro.

El último mesón era un sitio grande, con espacio para carruajes y camellos, además de alojar personas. Allí había muchas habitaciones, pero tampoco hubo cupo para María y José.

Los dolores de parto  aumentaron, José ya no sabía qué hacer. Siguieron avanzando y alguien le sugirió una finquita cercana para posarse. Había allí animales mansos y un espacio para el cuido de  esos animales.

José acomodó a su esposa sobre una cama de pajas y pencas de palmeras. Se mostró optimista, pero en realidad estaba muy nervioso, asustado.

Presintió que aquella sería una noche mala, que sería imposible dormir. Unos muchachos que cuidaban ovejas se acercaron para darle ánimo y se ofrecieron para servirles.

María y José se recostaron, pero no durmieron. Sentían que el viento les secreteara algo. Parecía que los  animales  les hablaran. “Muuu”, mugía una vaca. “Beeee”, balaban las ovejas. Todos se expresaban.  El gallo quedó de último.

Efectivamente. José estuvo a punto de dormirse, y en sueño vio una luz grande frente a él, se espantó, se levantó con el corazón acelerado. María le dijo: “Ay, José, qué alivio, qué noche más buena”.

“Noche buena”, repitió José en su mente. Entonces se oyó el gallo cantar, con su

quiqui ri qui  dijo clarito:

 -¡Cristo ya nació!