Pleitos de escritores

Federico-Henríquez-Gratereaux

En todos los países, en todos los tiempos, los escritores han tenido rivalidades terribles. Famosas son las del Siglo de Oro español. Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, peleaban entre sí y con otros poetas y escritores. Durante el Renacimiento italiano, los artistas y poetas no dejaron de zaherirse nunca. Recurrían a las burlas e ironías más sangrientas. Tal vez la competencia por conseguir un mecenas que los patrocinara, encarnizaba las luchas torvas de la vanidad. Tal vez la única excepción fue Rafael, pintor maravilloso, quien ayudaba a los demás con actitud generosa o condescendiente. Según Vasari, Rafael de Urbino, amante de las mujeres hermosas, nació en Viernes Santo y también murió en Viernes Santo.
Se dice que cierto médico practicó a Rafael una sangría improcedente, a consecuencia de la cual falleció. Un noble había contratado a Rafael para que pintara un mural en su casa; y para que el artista no parara de pintar permitió que llevara mujeres a su trabajo. Parece que Rafael se excedió pintando y, además, repitiendo el acto venéreo. Quedó muy fatigado y débil. Con sólo darle una buena sopa, con legumbres y trozos de carne, hubiese bastado para reanimarle. Pero el médico optó por la sangría.
Rafael era notable en todo; y en su arte, un verdadero genio. Murió joven: tenía 37 años. Arquitecto, pintor, inspector de antigüedades, Rafael, no puede ser incluido entre los artistas maledicentes, de riñas perpetuas. Pero una buena parte de los poetas y artistas tiende, dominada por la vanidad, a la megalomanía. Se dice que George Bernard Shaw creía que el único dramaturgo inglés que podía competir con él era Willian Shakespeare.
En Santo Domingo, los escritores viven “a codazos y mordiscos”. Es difícil que un escritor dominicano “hable bien” de otro, a menos que esté de por medio la política, que todo lo falsifica, lo malea o corrompe. Es normal que cada escritor crea ser el mejor del mundo. También es normal que los escritores maduros “descubran” otros escritores dignos de ser admirados. Y que lleguen a sospechar que existen muchos hombres con preocupaciones semejantes a las que él tiene en su cabeza. En la RD escasean editores y lectores; abundan poetas turbulentos.