Plumas “molestosas”

Orlando Martínez y Gregorio García Castro hicieron de su participación en el mundo periodístico referentes indispensables en una época donde sus plumas sirvieron de canal de expresión frente a situaciones delicadas, caracterizadas por la conculcación de derechos fundamentales. Antes, Jesús de Galíndez y Andrés Requena arriesgaban sus vidas desde la contribución intelectual con la publicación de los textos “Cementerio sin Cruces” y “La Era de Trujillo”. En esencia, héroes de la libertad que en medio de un país penetrado por la intolerancia sembraron el camino a favor de la pluralidad y el disenso.
Los precedentes de la relación poder-prensa cuestionadora demuestran los niveles de resistencia en procura de la información creíble y rigurosa porque la “transición” que garantiza respeto a las voces y ejercicio de comunicación independiente choca con la pared de intereses creados alrededor de las instancias llamadas “informar” que, salvo reconocidas excepciones, priorizan la noción del negocio. Por eso, el análisis investigativo y encontrar la verdad terminan obstruyendo la rentabilidad de la empresa comunicacional debido a la perturbación generada por las plumas molestosas.
Lo que “molesta” es la enorme capacidad de desmontar el régimen de complicidades, el esquema de corrupción y las deformaciones de la institucionalidad democrática. Así, y como reverso de la moneda, lo fructífero y atractivo para el status quo consiste en la edificación de un modelo de comunicación zalamero que colinda en lo servil y termina siendo caja de resonancia de la agenda de un sector de la sociedad, capaz de navegar como pez en el agua, marcando distancias del sentido impugnador del verdadero periodismo. Y sin límites éticos, el ejercicio adulador de la comunicación visibiliza niveles de rentabilidad capaces de seducir a franjas que se sienten atraídas a emular esos modelos invertidos que tanto daño generan a la sociedad.
En sociedades con un mayor nivel de desarrollo, el instrumento de mayor importancia para el equilibrio democrático lo representa el establecimiento de una prensa libre y cuestionadora. Afortunadamente, allí se deslindan los campos garantizándole al lector que el producto que está consumiendo no posee la carga oculta de intereses que dificultan acceder a la información objetiva. Aquí, estamos penetrados por variopintas agendas partidarias, económicas y sectoriales que lo que “leemos” debe ser analizado con “pinza” porque las deformaciones evidentes dañan tanto la calidad del producto como la noción de lo cierto.
Lo traumático en las sociedades bananeras consiste en la habilidad del poder en estructurar, desde su lógica de inversión, las características de la opinión que en la medida que son cooptados, edifican un sentido del país inversamente proporcional a la realidad.

Alarmante resulta la significativa disminución de los espacios independientes, voces disidentes y plumas molestosas. Aunque el poder lo asuma como estrategia exitosa reiterándose en la construcción de su verdad, al final la instrumentalización retrata el deterioro democrático del país. No obstante, el espíritu de inteligencia y sentido común ha ido orquestando calificativos e impugnaciones al coro de voces amigas de cobrar lo que escriben y facturar lo que dicen. Afortunadamente, el ciudadano sabe distinguir la red de velloneras, bocinas y plumíferos distribuidos estratégicamente en radio, televisión, prensa escrita y redes.

Transitar el dial, leer columnas de opinión y adentrarse en programas de panel conducen al entendimiento del fenómeno de la descomposición de la opinión pública. . Aunque la pared resulta alta, hace falta visibilizar el esfuerzo comunicacional crítico, irreverente, sin fascinación por la nómina pública y adicto a la movilidad social desde el trampolín del poder.

Caramba, necesitamos plumas “molestosas”.