¿Podemos continuar así?

MARLENE LLUBERES
Uno de los atributos de mayor carencia en este tiempo, es la integridad. Los valores en nuestra sociedad son casi inexistentes. Muestra de ello lo vemos en que admiramos a quienes son astutos y ágiles para alcanzar sus metas, sin importar los medios usados, aunque actúen por encima de la moral y de la ética.

Hacer el bien no es algo congénito en los seres humanos. Es por esto que damos cabida en nuestro corazón a la corrupción, al cohecho, a la rebeldía. Mentimos, estafamos, engañamos. Amparados en la hipocresía y la falsedad, murmuramos y criticamos.

Abrimos las puertas a la infidelidad, a la violencia, a la falta de respeto, a los odios y a los resentimientos.

Frente a esta realidad incuestionable nos preguntamos: De continuar así, ¿traeremos consecuencias negativas a nuestras vidas? ¿Será necesario cambiar, arrepentirnos y determinarnos a tener una actitud coherente delante de Dios y de los hombres? Sin dudas, ambas respuestas son afirmativas.

La integridad no es una opción, sino una responsabilidad. El ejercerla, además de abandonar las prácticas erróneas, conlleva atacar la raíz de la maldad. Al hacerlo, lograremos alcanzar el buen gobierno de las pasiones, lo cual fortalecerá la salud del alma y del cuerpo.

Nuestro ánimo, deseo, entendimiento, espíritu, propósito y voluntad deben estar alineados con la verdad de Dios para que podamos obtener el respeto y la admiración.

Aceptemos el consejo de Dios, amemos lo que Él ama y despreciemos lo que Él aborrece y seremos identificados como personas honradas, que luchan para que prevalezca en ellas la verdad.

Venzamos con el bien el mal, no nos cansemos de hacerlo, pues a su tiempo, recibiremos los frutos y lograremos vivir confiados, porque nuestra esperanza será la integridad de nuestros caminos.