Poder de la ignorancia

[b]Señor director:[/b]

Gran parte de nuestra lentitud para avanzar se debe a que somos un pueblo ajeno al rigor. Esto le deja cancha abierta a la ignorancia y la ignorancia, a su vez, es el motor del atraso.

Una prueba palpable de nuestra falta de rigor es el común denominador que arropa nuestros discursos, debates y trabajos: la superficialidad, muy a menudo acompañada de vacuidad (lo que en buen dominicano se conoce como “vacuencia”). Como además somos extrovertidos, todos nos creemos (y así somos escuchados) autorizados a opinar y sentar cátedras sobre cualquier tema: problema eléctrico, situación de los médicos, asuntos monetarios, etc. Así resulta que el problema se agrava porque no es sólo de calidad sino también de cantidad.

Breve, nos pasamos la vida exigiendo que desaparezcan los síntomas de los problemas mientras que al mismo tiempo promovemos la permanencia de las causas y, peor aún, premiamos a los responsables. Ahí radica la magia de la ignorancia, y el poder del que la contrata.

Así por ejemplo, asombra que haya tantas quejas por la inflación (síntoma) y que sin embargo, no se oigan voces reclamando que se aplique la ley a los banqueros que desfalcaron el país (causa).

Asombra que lluevan las quejas por la falta de electricidad (síntoma) pero que no se reclame la aplicación de la justicia a los que regalaron el patrimonio del pueblo y nos dejaron encadenados con inverosímiles contratos (causa).

Y la letanía podría seguir ad infinitum….

Nuestro simplismo nos impide ir más allá de la superficie y por no protestar para que se corrijan las causas somos causantes (y por lo tanto nos convertimos en co-responsables) de que se eternicen los problemas.

Una y mil veces tendremos banqueros que serán rateros de altos vuelos.

Una y mil veces tendremos funcionarios mercaderes, a gran escala, de lo ajeno.

Todo, por darnos el lujo de ser un pueblo que obvia el rigor en los “debates”, en los “reportes”, en los “análisis”, (las comillas porque en la mayoría de los casos nunca llegan a tales categorías, apenas calificarían de palabrerías).

Mientras diseminar disparates, mal informar o mentir no sean delito, unos cuantos seguirán (super) viviendo a expensas de, y gracias a, la ignorancia de las masas.

Atentamente,

Norka Michelén N.