Poder secuestrado

Nuestros gobiernos se pudren. Se descomponen. El mal olor y los mimes terminan adueñándose del Estado. Es la maldición de la cual no terminamos de despojarnos.

En estas elecciones se volverá a escoger “al mejorcito”. El uno, más candidato que partido, gobernó con desacierto y mal acompañado; el otro, co-participe de gobiernos de pecados originales, veniales y mortales, es más partido que  candidato. 

Nuestro voto se tambalea entre el desmantelamiento de una estructura de poder con intenciones claras -de establecer un régimen acaudillado- y un ex presidente con un historial “non santo”. Esto nos  lo impone la  “realpolitik”. Es lo que hay…

Envueltos en la bruma de este dilema electoral, he sacado algo en claro: la necesidad impostergable de desmantelar, neutralizar, si se quiere, la estructura partidista que actualmente nos gobierna.

Intentar sustituir democráticamente a un partido alienado, enamorado de  la perpetuidad, es un deber. La historia nos enseña que esas perpetuidades políticas resultan- siempre- desastrosas. En todos los países y en todas las épocas.

Los indicadores nacionales e internacionales certifican la tragedia dominicana. Andamos muy mal. El cambio es urgente. No podemos permitir que un grupo dislocado, mirándonos desde el pedestal de la riqueza y el dominio del Estado, nos imponga  un destino trágico.

Sin embargo- otra vez la “realpolitik”- puede que nos quedemos con un guineo podrido en las manos.  Nos pueden volver a gobernar los mismos. Ahí están las encuestas. Ahí están los miles de millones para enajenar a las masas de votantes.

Es verdad. Sobran  razones para la duda, para pensar que nos tomamos un riesgo enorme encomendándole al PRD el cuidado de la nación. Pero si no nos atrevemos y no ayudamos a dar el enigmático salto, más temprano que tarde, vendrá  la debacle. Saltando podría sorprendernos la esperanza.

La buena fe de Danilo Medina, si la tuviera, está más comprometida que la de Hipólito Mejía. En la ruleta política nuestra, si el primero gana lo pondrán a jugar contra la casa; y la casa siempre gana. El segundo, si llevara consigo buenas intenciones, las  tendrá  menos comprometidas. Danilo es más partido que candidato. Hipólito es más candidato que partido.

Tendremos que encomendarnos a la  “íntima convicción” de Hipólito Mejía, qué duda cabe. Esperar que haga un gobierno de unidad nacional; que limpie sus alrededores; que se rodee de profesionales independientes; que aplique y haga cumplir las leyes. En otras palabras: que nos gobierne bien.

¿Querrá él ser recordado como un estadista o como otro  presidentico bananero más? No lo sabemos. La retórica no es prueba de nada.

Sin embargo, ayudarlo a ganar, producir el relevo, es el único color verde en esta negra realidad política. Los indecisos y los partidos emergentes, tienen que detenerse y pensar en el país. Posponer las ventajas de las negociaciones particulares.

No podemos seguir siendo cómplices y fomentar nuestras desgracias. Tenemos  pleno conocimiento de causa de lo que aquí podría pasar  y viene pasando. El  poder puede ser secuestrado y nosotros también.