Poderosas mineras

He terminado de leer un reportaje de investigación, “Chemical Valley” (“Valle químico”), en la prestigiosa revista “The New Yorker”, que ha aumentado mis sospechas de que aquí las mineras se saldrán con la suya; que no sucederá lo que ahora parece suceder.

El autor de ese minucioso ensayo describe e investiga una tragedia: la contaminación del agua en una ciudad del Estado de “West Virginia”, producida por el derrame de sustancias tóxicas desde su fábrica de productos químicos. En ese Estado, en el centro de las montañas Apalaches, también operan minas de carbón. Excavan la tierra en una región de Norteamérica donde la población exhibe índices de pobreza, educación y salubridad equivalentes a los del tercer mundo. Allí, la industria y la mina mantienen un control político casi absoluto, y pagan espléndidamente a influyentes lobistas en Washington. Todo esto queda demostrado por Evans Osnos, galardonado y prestigioso profesional, en su investigación.

Él escribe lo siguiente: “En el 2008, la Gaceta de Charleston descubrió que, en cinco años, las compañías de carbón reportaron veinticinco mil violaciones a la “ley de aguas limpias”, pero el Departamento de Protección Ambiental (A.D.P.) ni se ocupó de estos reportes ni aplicó sanciones “. Describe, con pelos y señales, la manera en que la minera y la industria química quitan y ponen legisladores, gobernadores, y compran académicos para “demostrar” la falacia de la contaminación. También explica la manera en que políticos terminan siendo socios y accionistas de las industrias. Silencio a cambio de riqueza y poder.

La población, a la fecha en que se publicó el artículo, 7 de abril del presente, tenía cuatro meses consumiendo aguas contaminadas. Las autoridades locales todavía insistían en que todo era una exageración de los ambientalistas, y que conduciría a la pérdida de puestos de trabajo. Pero ya el gobierno federal – allí existen instancias superiores responsables – ha tomado cartas en el asunto.

Esto sucede en uno de los países más institucionalizados de occidente, de incuestionables prácticas democráticas, y con mucho de sus políticos sinceramente dedicados a servir a la comunidad. ¿Qué pudiera estar negociándose aquí, entre palacios y palacetes, en esta democracia cachambrosa?

Nos están haciendo creer que se respetarán los bosques, el agua y la vida de las próximas generaciones; que el Estado trasciende la coyuntura. Pero al cerrar la revista, sabiendo dónde estamos y quienes somos – mucho más parecidos a esos países del África pletóricos de diamantes que a la gente de Virginia Occidental – me arropó el pesimismo. La posibilidad de que las poderosas mineras terminen imponiéndose son enormes. La tentación del oro tiene una trágica historia, y tiende a repetirse.

Lo que leemos en la prensa, oímos en la radio, y vemos en la televisión, particularmente durante el ejercicio retórico de funcionarios y políticos, suelen ser escenas de una tragicomedia de final desconocido. El desenlace, el verdadero, se diseña tras bambalinas, en secreto, detrás de biombos que impiden vista al público. Lo escriben y negocian unos cuantos matatanes.