Política y lenguaje

Preocupa lo que ocurre con el lenguaje y la política, porque el ejercicio del arte de gobernar se ha convertido en una actividad que se desarrolla en una verdadera y única Torre de Babel.
Algo así como la aceptación, interpretación y elogio de la auto descripción que de sí proclamaba de voz en cuello don Paco Escribano: rey del disparate y archipámpano de la carcajada.

Aquel personaje de Freddy Beras Goico que hablaba con un túbano en la boca, con unos modales increíblemente vulgares, con palabras soeces, es la caricatura perfecta del patán que, amparado y aupado por lealtades a hombres, que no a la Patria, participan e intentan brillar en un cielo tachonado de medianías, de torpes fulanos que actúan como primas donas en el escenario nacional.

Agarrados y amparados en instituciones que se derivan de palabras que la humanidad ha construido golpe a golpe, sangre a sangre, cárcel a cárcel, exilio a exilio, guerra a guerra, asonadas y más asonadas, esos cuasi personajes exhiben su ignorancia y confunden las palabras y los hechos hasta que el habla se convierte en una caricatura verbal de difícil digestión.

Uno se pregunta ¿qué significa la palabra democracia? Un inteligente se apresura y dice que le permitan contestar. Luego de una perorata que comienza en Grecia, donde hubo una democracia muy sazonada pese a que mantenía la esclavitud y sólo votaban los nacidos en cada ciudad-estado, la democracia dice muy ufano y se adentra en estadios que permitieron dar consistencia al sistema.

Pero ¿Cómo se conoce la decisión popular en la democracia? Mediante la suma de los votos de la mayoría de electores pero ¿Cómo es posible que una y otra vez y nuevamente, el pueblo vota de un modo y los votos son contados hasta formar una mayoría en favor de quienes tienen la sartén por el mango?

La democracia, como garantía de buen gobierno, de imparcialidad, precisó de la división de los poderes públicos para que los Congresos controlaran el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial aplicara la Constitución y las leyes de manera equilibrada y justa.

Imparcialidad, justicia, formación de las leyes, palabras huecas, vanas, fútiles, que nada significan cuando un rico despoja al vecino de la tierra en que nacieron sus abuelos, o se usa el poder para quebrar a un dirigente de la oposición para heredar los bienes comprados a precio vil.

Ni democracia, ni justicia, ni leyes, ni imparcialidad, ni equilibrio de poderes son palabras que significan nada a la hora de poner el caldero para el almuerzo.

Es preciso, pues, que los políticos de hoy actualicen el lenguaje político y las ofertas, porque las palabras de ayer no significan nada el día de hoy.