Política y negocios: disciplinas complementarias

POR FEDERICO A. MARTÍNEZ
Hace algunos años apareció en el periódico El País de España una viñeta de Romeu(c) donde uno de los personajes dice “Me parece que en el PP de Madrid hay más de uno que confunde la política con el negocio” y el otro personaje le contestaba “Imposible, hasta el más burro sabe que son disciplinas complementarias”.

A pesar de los cuestionamientos éticos que afloran de primera intención, no tengo nada en contra de la afirmación.  El diccionario de la Lengua Española de 1773 definía la política como: “El gobierno de la República, que trata y ordena las cosas que tocan a la Policía, conservación y buena conducta de los hombres.” En 1837 ya la definición había evolucionado a: “Arte de gobernar, dar leyes y reglamentos para mantener la tranquilidad y seguridad públicas, y conservar el orden y buenas costumbres.” 100 años más tarde, para 1936, se había agregado a la anterior una acepción de sabor Maquiavélico: 3. Por Ext., arte o traza con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado.”. La evolución del significado de la palabra, se ajusta a la evolución desde una visión policíaca del estado a una regulatoria. Y es justamente en ese cambio que la vinculación del negocio y la política se hace biunívoca.  La capacidad regulatoria del estado le hace propietario y distribuidor de rentas monopólicos, a través de contratos y concesiones, cuyo valor de mercado es importante.

Dada la importancia que tiene el estado como generador de negocio y administrador de recursos me sorprende la actitud del empresariado.  Aceptar como bueno y válido que un político administre funciones regulatorias del estado que son vitales para el desarrollo de su actividad económica me parece suicida, sobre todo cuando ese político tiene como único currículo el capitalizar el envilecimiento que produce nuestra pobreza para amañarse votos en una provincia o municipio.

En un documental sobre Robert McNamara, Secretario de la Defensa de Kennedy, presentado en HBO recientemente, este narra que cuando lo llamaron para ofrecerle la posición había sido recién nombrado presidente de Ford Motors Co. En ese momento (1961) él ganaba 50 mil dólares anuales y el salario del Secretario de la Defensa era 25 mil.  Muy cándidamente confiesa que se reunió con su esposa e hijos y discutió la reducción en su estilo de vida que implicaba aceptar la posición. Una vez en la Secretaria de Defensa, McNamara desarrolló una brillante administración entre cuyos muchos méritos se puede señalar el Sistema Planeación-Programación-Presupuesto (PPBS por sus siglas en inglés) que le significó grandes economías e incremento de la eficiencia al gobierno norteamericano.

Esta contradicción entre el comportamiento frente a la política del mundo de negocios en los países desarrollados y el nuestro me hace avanzar una hipótesis que espero tenga algún mérito.

El propósito del empresario es maximizar sus beneficios y como el estado produce negocios, la relación entre negocios y estado es de contrarios en una negociación. Dado que esta negociación en nuestra democracia se realiza en un tiempo finito (4 años) y que en la mayoría de los casos el valor o monto de la operación produce un valor extraíble (beneficio) que está limitado por razones de presupuesto, esta negociación se presta a un análisis de “teoría de juegos”, como una “negociación finita, no cooperativa, de valor extraíble limitado, entre dos o más jugadores.”

Muchos de los lectores habrán visto la película “A Beautifull Mind”, donde Russel Crowe interpreta magistralmente al matemático John F. Nash, víctima de una esquizofrenia paranoide. En una de las escenas un grupo de amigos se encuentra en un bar y llega una bella joven acompañada de otras; todos en el grupo pretender ir a sacar la bella a bailar. En la escena, Nash describe gráficamente una compleja formula matemática que en teoría de juegos se conoce como “El Equilibrio de Nash” y les asegura a sus amigos que si todos van tras la bella joven se anularán unos a otros.  Entiende él en ese momento, que establecer una serie de acuerdos entre ellos y que cada quién actúe dentro de esos parámetros es lo único que asegura que todos bailarán.

El teorema de Nash “es un teorema que garantiza la existencia de un grupo de estrategias mixtas para juegos finitos, no cooperativos, entre dos o más jugadores, en el cual ningún jugador puede incrementar sus beneficios a través de un cambio unilateral de estrategia” (Eric W. Weisstein et al. “Nash Equilibrium.”). En una situación de “Equilibrio de Nash” ninguna de las partes esta incentivada a desviarse de la estrategia escogida,  ya que ninguno de los jugadores puede escoger una estrategia mejor, dada las opciones disponibles a los otros jugadores.

La clave de porqué un ex-presidente de la Ford Motros Co. puede ir al gobierno en los Estado Unidos y no lo hubiese hecho en República Dominicana está en que las estrategias están limitadas por el marco institucional. El mundo de los negocios norteamericano ha establecido un “acuerdo tácito de límites a las estrategias aceptables”; el nombramiento de McNamara no implicaba que a partir de ese momento todos lo vehículos del ejercito pasarían a ser Ford.

Ese “acuerdo tácito” entre los negociantes de los países desarrollados está insertado en la institucionalidad legal de los procesos económicos y políticos. El marco legal obliga a que las partes en toda negociación deban buscar un equilibrio dentro de los límites de la institucionalidad. La Chevrolet en los sesenta nunca cuestionó la política de compras por concurso de McNamara, mientras el vicepresidente Cheney ha estado bajo ataque por todos lados por las compras directas a Halliburton Co., de quien fue principal ejecutivo; a pesar de que él no está envuelto directamente con el Departamento de Defensa.

Nuestros empresarios no han logrado ponerse de acuerdo en la bondad para todos ellos de que exista un grupo de normas legales que limiten las “estrategias de negocio”.  El “milagro dominicano” sigue siendo un amigo en el gobierno que nos haga compras de grado a grado, a precios sobrevaluados y un grupo de legisladores que nos venda la aprobación del financiamiento. Por si el partido de nuestro amigo pierde las próximas elecciones, hace falta una prensa de influencia que pida “borrón y cuenta nueva”.

En nuestro país los dueños de los negocios que pagan la política la asumen como un costo de operación.  Haciendo esto, crean la boa que luego se alimenta de la corrupción hasta amasar una fortuna personal que le permite comprarle su desesperación y desesperanza a los votantes pobres de una ciudad, provincia o región. Esta misma boa crea a su alrededor una claque que desarrolla su fortuna en el peculado de la relación con el líder. Desde su posición de poder, la boa y su claque reparten los negocios del estado entre acólitos y entre aquellos que los financian y apoyan, todos sin preocupación por la eficiencia en la administración de los escasos recursos del estado, apatía que a su vez ahonda la pobreza.

Esto es la descripción de una muerte anunciada para los intereses de la clase empresarial.  Debemos entender que el imperio de la ley es lo que hace que la política y los negocios sean disciplinas complementarias, o la nación seguirá pagando la imposibilidad de hacer negocios dentro del Equilibrio de Nash.

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El autor es consultor de negocios
federico@promarketdr.com