Poner orden en Irak parece imposible

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Por JAMES GLANZ
BAGDAD, Irak.–
Milicias armadas están merodeando por las calles de las ciudades y pueblos de Irak, pero eso sólo empieza a describir el problema que enfrenta Estados Unidos aquí. Conforme la violencia en esas calles aumenta, parece haber cada vez más milicias o pandillas armadas –fragmentos más pequeños y menos controlados de grupos armados– que nunca antes, y en muchas formas esa es la parte más seria del panorama. Sería mucho más fácil para Estados Unidos si estos grupos, no importa cuán antagónicos se muestren ante los estadounidenses, se mantuvieran juntos; entonces, al menos, podrían negociar, llegar a acuerdos y ayudar a amalgamar a la nación.

En Estados Unidos, generales, congresistas y comentaristas de todo el espectro político están involucrados en un debate sobre niveles de tropas y cronogramas de salida. Pero si Estados Unidos busca establecer la estabilidad para que sus tropas puedan partir, debe responder la pregunta: ¿Con quién dialogar?

¿Qué milicias sunitas y chiitas, grupos tribales armados e incluso pandillas criminales necesitan ser combatidas? ¿Con cuáles se puede negociar? ¿Cuáles son potenciales aliados mientras Estados Unidos busca romper los ciclos cada vez más caóticos de ataque, venganza y rivalidad por territorio y botines?

La semana pasada, fueron milicianos sunitas quienes protagonizaron ataques mortales contra el Ministerio de Salud encabezado por chiitas y Ciudad Sadr, presumiblemente en represalia por un secuestro masivo en el Ministerio de Educación Superior dominado por sunitas la semana anterior. Esos secuestros, a su vez, fueron llevados a cabo por hombres en uniformes oficiales que se pensó eran milicianos chiitas que habían infiltrado el ejército y la fuerza policial. Pero, como siempre, fue poco claro qué milicia fue responsable, o si los secuestradores eran de un grupo desprendido.

Se ha reportado ampliamente que la milicia chiita más grande, encabezada por Muqtada al-Sadr y llamada Ejército Mahdi, se ha estado dividiendo. Pero también hay una creciente profusión de otros grupos: además de las antiguas milicias chiitas rivales como la Organización Badr entrenada por Irán y la milicia Fadhila, las cuales son poderosas en el sur, hay combatientes sunitas vinculados con líderes tribales, ex baathistas o células de Al Qaeda, contratistas de seguridad privada iraquíes, milicias casi gubernamentales originalmente reunidas para vigilar oleoductos y líneas de electricidad, bandas criminales y grupos de vigilancia vecinal.

Para los estadounidenses, la desintegración del orden ha complicado cualquier esfuerzo para hacer frente a los grupos armados, dijo Joost Hilterman, director de proyecto mediorientales del Grupo de Crisis Internacional, una organización de expertos en manejar conflictos que está formulando su propio plan desespeado para salvar a la paz en Irak. “Ahora hay provocadores de violencia que son completamente independientes de todos los demás”, dijo Hiltermann.

Con una o dos excepciones, añadió, los políticos que nominalmente encabezan algunas de las milicias más grandes que ahora se están dividiendo “no controlan nada”.

La milicia más violenta es el Ejército Mahdi, encabezado por Al-Sadr. Conversaciones recientes con comandantes militares estadounidenses en Irak indican que Estados Unidos finalmente tendría que intentar desarmarlo en su base en Bagdad; y pasará algún tiempo antes de que el Primer Ministro Nuri Kamal al-Maliki, que necesita el apoyo de Al-Sadr en el parlamento, sea un socio dispuesto a ello.

Pero como ha habido tantos reportes de que comandantes independientes se han separado del grupo de Al-Sadr y están operando por su cuenta, llevando a cabo secuestros, ejecuciones y operaciones paramilitares, el impacto de esa operación es difícil de calcular. Por un lado, nadie sabe exactamente en qué medida controla Al-Sadr a su grupo. Por otro, nadie sabe a qué grado los comandantes que han parecido operar por su cuenta pudieran seguir sintiendo lealtad por Al-Sadr en un combate importante.

Algunos comandantes estadounidenses creen que Al-Sadr conserva influencia sobre algunos grupos a los que ha declarado renegados. Si ese fuera el caso, los grupos desprendidos estarían funcionando como los escuadrones de la muerte salvadoreños de los años 80; aquellos operaban casi independientemente y daban a su gobierno un margen para negar su participación aun cuando casi con seguridad había ordenado los asesinatos.

Si aplica una situación similar aquí, pudiera dar credibilidad a los argumentos de los comandantes estadounidenses que creen que las fuerzas armadas de Estados Unidos finalmente tendrían que entrar por la fuerza en la base de poder de Al-Sadr, un lugar donde apenas han puesto pie en los últimos tres años, para desarmar a los milicianos que sigan siendo desafiantes. La base de Al-Sadr está en una barriada en el noreste de Bagdad poblada por 2 millones de árabes chiitas y lleva el nombre de su padre.

Pero los iraquíes creen mayormente que esa medida sería una tontería porque pudiera encolerizar a los chiitas en general. No importa cuán ingobernables hayan llegado a ser o no los grupos en el Ejército Mahdi, continúa este argumento, la popularidad de Al-Sadr, así como el número de hombres en el Ejército Mahdi, ha aumentado en todo Bagdad y el sur conforme se ha desgastado la bienvenida que recibieron los militares estadounidenses.

“Esto es realmente muy peligroso”, dijo Qasim Daoud, ex asesor de segurida nacional iraquí que ahora es miembro del parlamento que representa a la ciudad santa sureña de Najaf. “Conducirá a un estallido en todo el área sureña”.

Las raíces del problema con los grupos armados independientes en Irak se remonta a cuando Estados Unidos invadió el país con la ayuda de una milicia estratégicamente situada: los combatientes que eran leales a dos clanes curdos en el norte. Tras eso, Estados Unidos tuvo poco interés en desarmar a los curdos, especialmente porque sus combatientes están bajo el firme control de sus líderes.

Menos conocido es que antes de la invasión, Estados Unidos también trató de congraciarse con algunas de las milicias chiitas, que entonces estaban expatriadas, con promesas de que no serían inmediatamente desintegradas su regresaban a Irak, dijo Amatzia Baram, director del Centro Ezri de Estudios sobre Irán y el Golfo en la Universidad de Haifa en Israel. Antes de la invasión, cuando él era un experto basado en Washington, advirtió de los peligros de permitir a las milicias conservar sus armas.

El problema, dijo Baram, era que los más poderosos de esos grupos, la Organización Badr, nunca realmente regresaran la cordialidad. El liderazgo de Badr, dijo Baram, “nunca quiso involucrarse más que un ‘Sí, cuando derroquen a Saddam, estaremos ahí’. Fueron muy reservados”.

Con esos precedentes, Estados Unidos tuvo poca posición para desarmar a las otras milicias después de la invasión, y éstas constantemente obtuvieron más poder.

Sin embargo, los funcionarios estadounidenses se sienten tentados a ver la posibilidad de trabajar con algunos grupos armados, incluso hoy. Viajes con unidades militares estadounidenses y una interpretación de recientes iniciativas de embajada en Irak indican que junto con los preparativos para una potencial actividad militar contra el Ejército Mahdi, Estados Unidos está intensificando los esfuerzos para identificar a las milicias asociadas con tribus, partidos políticos, regiones geográficas e incluso grupos insurgentes iraquíes; para aplacar y controlar a las que puedan, e incluso hacerlas enfrentarse entre sí.

En un indicio de esa estrategia, algunos comandantes de campo estadounidenses locales ahora ofreen rápidos análisis de las diferencias entre las tribus Janabi, Juburi y Duleimi, un cambio enorme respecto de los primeros días del conflicto cuando palabras como esas no significaban nada en un Humvee que recorriera el desierto.

Esos esfuerzos en ocasiones han parecido prometedores. En septiembre, 25 tribus en la provincia de Anbar dominada por sunitas aceptaron cooperar militarmente para combatir la influencia local de Al Qaeda. Pero hasta ahora, ese acuerdo parece haber tenido poca influencia sobre la seguridad; las tropas estadounidenses e iraquíes siguen muriendo a un ritmo desalentador en Anbar.

Viendo en retrospectiva, el representante Ike Skelton, demócrata de Missouri que se espera se convierta en presidente del Comité de Servicios Armados de la Cámara Baja en enem dice que la importancia cultural de las armas en la sociedad iraquí, combinada con la necesidad práctica de que los iraquíes se protejan por sí mismos, hace casi imposible que el primer ministro desarme a las milicias, pese a sus promesas de hacerlo.

“No sé cómo va a hacerlo”, dijo Skelton.

Daoud, el ex asesor de seguridad nacional, dijo que una mejor estrategia sería absorber las milicias leales al gobierno elegido en las fuerzas armadas oficiales y dar al resto empleo bajo el gobierno civil si toman cursos de capacitación apropiados.

“Prefiero, realmente, hacer una especie de evaluación de cada persona”, dijo Daoud.

Ese enfoque, que representaría absorber a muchas de las milicias en el gobierno, podría traer menos orden de lo esperado, dijo Marina Ottaway, directora del programa sobre Medio Oriente en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.

“La cuestión no es si las milicias pueden regir en gran parte del país, lo cual no creo que puedan”, dijo Ottaway. “La cuestión es si pueden hacer posible que alguien más gobierne el país”.