Poner un huevo

JOSÉ MANUEL GUZMÁN IBARRA
No necesitábamos ver una encuesta para saber que las cosas no andan como merecemos. Ni el tema de la delincuencia, ni el de la salud, ni el de la educación, ni el tema de la corrupción, ni siquiera el asunto económico están resueltos para la población encuestada. El PNUD publicó en el 2006 el Informe Nacional de Desarrollo Humano (INDH-2005) con resultados interesantes: en cinco décadas el país no ha hecho otra cosa que crecer económicamente (5% promedio anual), pero ese crecimiento ha tenido poco impacto en el mejoramiento de la pobreza y la distribución del ingreso.

Según la tesis manejada en el INDH-2005 el impacto del impresionante crecimiento económico por región, género y estrato de ingreso fue desigual. El dato estadístico mostrado es que en el nivel de desarrollo humano, y sus variables cuantificables como mortalidad infantil, calidad y cobertura de la educación y los servicios de salud el desempeño fue “menor que el esperado dado el nivel y crecimiento del ingreso de las últimas décadas”. Esos datos son irrefutables. El equipo técnico que redactó el INDH-2005 se pregunta sobre la razón por la que un crecimiento acumulado de tal magnitud no se tradujo en una mejoría de los indicadores sociales, respondiendo que esencialmente se debe a la creencia de que el crecimiento económico es condición necesaria y suficiente para mejorar el nivel de vida de las personas. En pocas palabras el INDH-2005 plantea que el problema básico es el modelo económico seguido y los paradigmas que lo sustentan. En este punto no puedo sino coincidir con ese planteamiento.

Así, la tesis es que el modelo ha tenido un sesgo de crecimiento económico que privilegia el crecimiento del PIB frente al desarrollo humano. No obstante, creo que además de la corta visión de la clase dirigente empresarial y política de los últimos cincuenta años, que ha creído que “el crecimiento {económico} a través de los mecanismos de mercado genera un derrame automático que beneficia a la población” se suma el hecho de que ese crecimiento económico promedio de un 5% anual por cincuenta años no ha sido ni lineal ni constante. A lo largo de esos cincuenta años ha habido interrupciones graves, etapas de decrecimiento económico o estancamiento, aunque compensados luego, no dejan de tener efectos irreversibles, especialmente en el ámbito social.

Un ejemplo de eso fue la crisis del 2003. Hasta ese momento el crecimiento económico, aún socialmente deficiente, había impactado positivamente en el desempeño de esas variables de desarrollo humano, y el mismo INDH-2005 así lo hace constar.

Luego de la crisis bancaria con la quiebra fraudulenta de Baninter, del pésimo manejo de la misma y del acuerdo con el FMI, muchos dominicanos de clase media baja y en el nivel básico de pobreza vieron disminuir sus niveles de vida retrotrayéndolos varios lustros. Lo poco y lento alcanzado en el INDH se perdió a partir de una crisis económica, explicada en gran medida por la torpeza del liderazgo político que dirigía el Gobierno entonces. Las subidas de salario que vinieron sólo tocaron a los que mantuvieron sus empleos formales. Así, el ingreso real de la mayoría tardó mucho más que el asalariado en reponer lo perdido por la devaluación y la inflación. Esa era la época en que para comerse un huevo había que ponerlo, tal como sugería el presidente de entonces. El crecimiento del PIB se detuvo e incluso decreció. Lo perdido no se recupera tan fácilmente aunque el crecimiento promedio posterior hubiera más que compensado la caída anterior.

A cualquier observador sensato debió llamarle la atención el hecho de que la encuesta Gallup-HOY publicada la semana pasada diera como ganador a Leonel Fernández en todos los escenarios, incluso a nivel nacional en primera vuelta (si los indecisos fueran abstencionistas), al tiempo que la valoración del encuestado al desempeño del país en varios renglones, algunos íntimamente ligados al INDH como la salud, por ejemplo, fuera negativo.

La explicación es que la gente reconoce que si bien se puede (y se debe) mejorar el desempeño, el liderazgo del presidente Fernández es garantía del necesario (aunque no suficiente) crecimiento. Está claro que la población le exige, pero también está claro que le exige porque confía. No es tan fácil olvidar que en medio de una crisis seria y devastadora tanto en el nivel del crecimiento como en el nivel social, había quien no conocía las cifras, ni la seriedad de la situación. No es tan fácil olvidar ni al presidente ni a los funcionarios de aquel gobierno que nos mandaba, si queríamos comer, a poner nuestros propios huevos.