Por la ruta de mi vida

Luego de contabilizar 67 primaveras en el almacén de mi existencia, fui sorprendido por la secretaria, quien confesaba que durante los últimos seis meses recibía la visita periódica de una periodista. Esta última, a modo de fantasma de la ópera, rondaba semanalmente por la oficina con la expresa intención de escribir mi biografía. De comienzo, me negué rotundamente a recibirla, mas bien pensé ordenarle a mi asistente ambientarla musicalmente con estos versos de Joaquín Sabina: “Pero sin prisas,/ que a las misas de réquiem/ nunca fui aficionado,/ que el traje de madera que estrenaré,/ no está siquiera plantado,/ que el cura que ha de darme la extremaunción,/ no es todavía monaguillo”… Creía de esa manera ahuyentar la posibilidad de ser protagonista de un episodio novelesco al estilo Alfred Hitchkock, en donde el actor leería en vida la frase “Nací un 25 de agosto de 1945 y fallecí un 21 de mayo de 2014”. Semejante idea me aterrorizaba a tal grado que telefoneaba antes de llegar al trabajo para enterarme a priori si estaba presente Salomé Frías y en caso positivo retardaba el arribo. Sin embargo, una cosa es la que piensa el burro y otra quien lo apareja. La dama escritora se había armado con la paciencia de Job, la persistencia de Gandhi y una indomable decisión, las que actuando sincrónicamente y de manera conjugadas lograron vencer mi resistencia. Es así como iniciamos la tarea de participar en un sin fin de entrevistas, llenado de cuestionarios y viaje al interior del país. Me fue mostrando conversatorios de personas que aseguraban haber compartido la niñez con este humilde servidor. Le aseguré que el malévolo ancianito alemán que responde al nombre de Alzheimer aún no había hecho acto de presencia en mi azotea y que, por lo tanto, era falso el testimonio de haber compartido infancia y adolescencia con quien suscribe. Eliminados esos falsos testigos todavía se hacía necesario suprimir ciertas notas hiperbólicas vaciadas de buena fe en la obra. Le condicioné aprobar mi autorización del libro al compromiso de ella apegarse con fidelidad a la verdad histórica de mi trajinar por el mundo. Sufrí un engaño creyendo que Salomé rechazaría dicho condicionamiento. Atónito quede cuando esta mensajera gráfica con audacia natural accedió a la exigencia. De nada valieron las zancadillas, la terquedad, ni los obstáculos puestos en el camino; la muy intrépida los venció todos, y yo, cual Quijote derrotado y despojado de su montura continué la marcha a pie con la reportera. Tratando de reparar el daño causado en la contienda, aproveché el escenario del Colegio Médico Dominicano. Allí ante el nutrido público que asistió a la puesta en circulación del libro “Sergio Sarita Valdez, por la ruta de mi vida” solicité humildemente el perdón por los amargos momentos vividos durante la elaboración de la biografía.

Albergo la esperanza de que la gente joven en cuyas manos se pose esta obra logren convencerse de que se puede vivir dignamente sin robar, ni matar, con el cuerpo y la mente coordinados siempre en el noble propósito de servir a los demás.