Por las hojas

BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
Me pasó la noche que escogí un grueso libro sobre la República Dominicana escrito por un árabe en la década de 1930. Perdido de la curiosidad de los lectores de la biblioteca municipal de Barahona, en la década de 1950, el libro abría con una foto de Trujillo, luego una de la primera dama, doña Bienvenida Ricardo y después una foto de Ramfis Trujillo, de cuatro años, vestido con uniforme de gala con el rango de coronel. Mamá fue quien me informó sobre un asunto que no se trataba en público en esos tiempos.

Recuerdo cómo bromeaba con Félix Servio Ducoudray cada vez que reformaban la enciclopedia en la Unión Soviética para sacar a Trostky cuando gobernaba Stalin, sacar a Stalin cuando gobernaba Khruschov y así hasta el infinito.

Se intentaba con ello borrar la historia, eliminar una parte de la memoria y de los hechos que contribuyeron a conformar la sociedad soviética en un ejercicio inútil y arbitrario.

En uno de esos extraños ejercicios de gente sin oficio (como decían antes las viejas), en estos días leí una historia de los días finales de mi compadre Jesucristo en la cual no aparecía el personaje Judas, tampoco Jesús le decía a Pedro que lo traicionaría. Busqué la Biblia que me regaló el reverendo Braulio Portes y ahí encontré la versión real.

Cuando gobernaba Trujillo los relatos históricos se escribían y se contaban teniendo en cuenta lo que pudiera o no ser del agrado del tirano. Resultaba muy peligroso equivocarse. Por ello ocultaban cuidadosamente los primeros matrimonios del gobernante, como si se pudiera borrar una parte de la historia, para siempre.

Los estudiantes de entonces teníamos que buscar en la casa, en bibliotecas públicas, en libros prohibidos ocultados en el fondo de bibliotecas privadas, para completar la historia nacional.

Del mismo modo que grano a grano se llena la gallina el buche, así se van distorsionando los hechos. Se arroja una mentira aquí, se cubre una verdad allí, se siembra una duda más allá y los hechos se desvirtúan de modo tal que luego es muy difícil encontrar el hilo que permite desenredar el ovillo de lana.

En medio de este tollo de acusaciones sin pruebas, de contrabandos que se perdonan a cambio de multas, sin pasar por los tribunales, en pleno ejercicio del “ensucia, que algo queda”, se le ocurre a un funcionario del gobierno proponer la creación de una galería de ex presidentes de la República que excluya a quienes no fueron elegidos democráticamente y a quienes ocuparon tal posición de manera provisional.

Estoy de acuerdo con que resultaría un excelente ejercicio dejar la historia y la legislación nacionales con grandes lagunas dado que quienes serían excluidos gobernaron, ordenaron, designaron, legislaron o firmaron legislaciones que aún están vigentes, en muchos casos.

¿Acaso es posible eliminar las leyes, reglamentos, decretos, resoluciones y toda índole de decisiones presidenciales y gubernamentales, incluyendo las decisiones de los tribunales, si se desconoce que esos personajes gobernaron?

A estas alturas, hay que convenir en que la política de exclusiones de personajes no fue la más feliz de las que inició Stalin.

Así como a la gente nadie le quita lo bebido, lo bailado y lo vivido, del mismo modo nadie puede borrar la historia por una torpe decisión.

Es como coger el rábano por las hojas.