Por los altos méritos de la JCE

La organización de las elecciones presidenciales del 16 de mayo próximo ha marchado puntual, con apego al cronograma trazado por la Junta Central Electoral (JCE). El planeamiento, la organización y la apertura del proceso se han consumado plenamente.

Los miembros del plenario de  este organismo dan garantías de que las elecciones serán diáfanas, sin incidentes y que los medios de seguridad para la transmisión, procesamiento y  difusión de los resultados de las votaciones eliminarán los riesgos de interpretaciones e incidentes. La Junta ha hecho un trabajo elogioso y esto ha sido reconocido por las organizaciones de la sociedad.

La encuesta Gallup-Hoy divulgada esta misma semana por este diario da cuenta de que un 75% de los ciudadanos  consultados valora como positivo el trabajo de la JCE. Por los altos méritos exhibidos por este organismo, es necesario que la sociedad en sentido general respalde las decisiones de la JCE en cuanto a la selección del personal que laborará en los colegios electorales. Aunque la Junta ha entrenado a sesenta mil personas de altas condiciones morales y sin vínculos partidistas, algunos partidos políticos tratan de forzar a que se designe para esa labor a personal comprometido con estos grupos, y  eso no debe ocurrir. Que sea la JCE, por  sus altos méritos y autoridad, la que decida al respecto lo que la ley manda, lo que la razón  aconseja.

Reflexiones 43 años después

La percepción generalizada es que el éxito o fracaso de una guerra es determinado por sus resultados militares, pero más allá de la percepción están las lecciones y el curso que éstas dan a los acontecimientos políticos, económicos y sociales, una vez que se restablece la paz,  se recomponen las fuerzas productivas y comienza a germinar la armonía y la convivencia pacífica.

En términos militares, la revuelta que estalló el 24 de abril de 1965, hace hoy 43 años, no dejó más que heridas y resentimientos que el tiempo ha logrado erosionar. Sin embargo, en términos políticos y sociales marcó una pauta indeleble que se traduce en la vocación democrática que, hoy más que nunca, se ha arraigado en el pueblo dominicano. Es una pauta que, por cierto, ha tenido mucho que ver con las motivaciones que enfrentaron en lucha fratricida a grupos dominicanos de intereses disímiles. La democracia se impuso a la bota y la lección fue aprendida.