¿Por qué Francia debe encontrar su modelo social a un precio demasiado alto?

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Cuando los franceses se preparan para las elecciones del próximo domingo, los problemas que enfrentan son identificables y perfectamente solubles, pero las medidas necesarias distan de ser
John Thornhill

Cuando Jacques Chirac anunció el mes pasado que se estaba despidiendo de la política para servir a su país “de otra forma”, el presidente de Francia, de 74 años, se tomó su tiempo en una emotiva transmisión de televisión para hacer algunos llamados finales a sus compatriotas: rechazar el extremismo, preservar el ideal europeo, creer en sí mismos y defender el modelo social francés.

“Francia, créanme, no ha dejado de asombrar al mundo”, concluyó.

Es una medida de hasta dónde Chirac, con 12 años en el Palacio del Elíseo, no pudo alcanzar sus ambiciones, y que todos esos retos parezcan hoy más amenazadores que cuando asumió el cargo en 1995. El mundo ha quedado algo más sorprendido por lo difícil que le ha resultado a Francia cambiarse a sí misma, que cuánto Francia ha cambiado al mundo.

La amenaza de extremismo apenas ha disminuído. Jean-Marie Le Pen, líder del Frente Nacional, de extrema derecha, que desprecia a los inmigrantes por robarse los empleos franceses y que condena a la Unión Europea por llevar al país al “abbatoir” de la globalización, está subiendo más en las encuestas para las elecciones que tendrán lugar el domingo, que cuando quedó segundo en 2002. 

Los electores franceses se han vuelto más escépticos sobre la UE y propinaron un fuerte golpe a la integración europea en 2005, al rechazar el tratado constitucional. La mayor parte de los 12 candidatos presidenciales han estado condenando la UE, culpando a sus instituciones por endurecer la política monetaria, una política de competencia contraproducente y un régimen de comercio dogmáticamente liberal.

Lejos de creer en sí mismos, los electores de Francia se ven con un ánimo nervioso e irritable, preocupados por el futuro de sus hijos y ansiosos por su lugar en el mundo. El muy cacareado modelo social del país, que combina beneficios de bienestar social generosos y una rígida protección al mercado laboral, está cuestionado como nunca antes. Los ghettos suburbanos explotaron en disturbios raciales, el crecimiento económico ha caído muy por debajo de otros países industrializados y gobiernos sucesivos no han podido asir las galopantes finanzas públicas.

En una ácida crítica de la economía francesa, Morgan Stanley, el banco de inversión de EEUU, declaró recientemente al país como “el nuevo enfermo de Europa”.

Sin embargo, países menos afortunados desearían sufrir los males de Francia. Francia alardea de contar con muchos activos, que van desde una infraestructura impecable, compañías multinacionales florecientes, hasta una rica y afortunada geografía, que deben permitirle prosperar en el mundo en proceso de globalización.

Aunque con menos brillo, la marca nacional francesa sigue rutilando. Sin importar la magnitud de las tareas que enfrenta Francia, los problemas son realmente inidentificables y –como han demostrado muchos otros países– perfectamente solubles. Lo que ha estado faltando ha sido la decisión política, el coraje o la simple astucia para implementar una serie de reformas bastante evidentes.

Michel Camdessus, el ex jefe del Fondo Monetario Internacional, que pasó muchos años diagnosticando los problemas económicos de otros países, tiene un remedio sencillo para el suyo: trabajar más duro. “Si usted ve al mister Smith en Arizona y a monsieur Dupont en Maine-et-Loire, desde hoy hasta la hora del retiro, Smith trabajará 37% de horas más que Dupont durante su vida laboral activa”, dice.

 “Por supuesto, el señor Dupont tiene una productividad más alta, 5%-6% más, porque empieza a trabajar un poquito más tarde, termina el trabajo más temprano y tiene muchas vacaciones, por lo cual está en buena forma. Pero al final de su vida, el señor Smith habrá producido muchísimo más. Esta es la historia completa de la economía francesa”.

La base estadística del argumento de Camdessus es asombrosa. Durante el último cuarto de siglo, Francia ha caído del octavo al decimonoveno lugar del producto interno bruto per cápita. En 1991, el PIB per cápita francés ascendió a 83% del nivel de Estados Unidos. Hoy es 71%. Los votantes franceses creen instintivamente que están resbalando para quedarse detrás de otros muchos países, lo cual es objetivamente cierto.

Los franceses no solo entran a la fuerza de trabajo más tarde que en la mayoría de los demás países; entonces, trabajan menos horas y se retiran antes. Francia también ha desperdiciado los talentos de millones: el desempleo se ha mantenido sobre 8% durante los últimos 25 años. El desempleo de la juventud es particularmente elevado: 22%. Solo 41% de la población adulta trabaja, una de las tasas de participación laboral más bajas del mundo.

Sin embargo, no es solo el mercado laboral el que ha afectado la economía francesa. El creciente expansionismo del Estado francés también ha estado chupando la sangre del sector privado. Francia es el único país de la eurozona que no ha reducido el peso financiero del Estado durante los últimos 10 años. Con 54% del PIB, el gasto del gobierno está entre los más altos del mundo.

Algunos países nórdicos han demostrado que los altos niveles del gasto del gobierno no siempre son elementos del éxito económico. Pero el problema en Francia es que el Estado exige demasiado, mientras da poco. En cierto sentido, por su apreciación, se ha estado sacando del mercado.

Desde 1982, el Estado ha contratado una cantidad adicional de un millón de empleados, para un total en nómina de cinco millones. El sector público emplea ahora casi una cuarta parte de la fuerza de trabajo de Francia, el doble de la proporción en 1970 y cuatro veces la relación en 1936. Cerca de la mitad del electorado francés depende del Estado para su salario, beneficios o pensiones, lo cual ofrece un obstáculo electoral formidable para el cambio. La mitad de los 577 diputados parlamentarios franceses son antiguos empleados del servicio civil, que se mantienen casados ideológicamente con su viejo empleador. Muchos de los estudiantes franceses más brillantes son atraídos al sector público.

Francia ha sido capaz de sostener esta expansión extraordinaria del sector público aumentando la deuda. El préstamo del Estado representa 66% del PIB, el equivalente de 42,000 euros (US$56,900, £28,600) por familia. Solo el cargo por el servicio de esta deuda significa 40 millardos de euros al año, lo que le impide al gobierno incrementar el gasto en una educación más alta y las investigaciones. Un diputado francés expresó: “La deuda es la muerte para la política”.

En gran medida, como resultado de estos factores, Francia ha estado sufriendo de una inversión anémica en el sector privado y de una erosión alarmante de la competitividad. Entre 1999 y 2005 su parte en las exportaciones mundiales cayó de 5.4% a 4.3%. Aún dentro de la eurozona, su porción ha bajado de 175 a 14.5%, desmintiendo con esto la idea de que un euro fuerte es el principal responsable de los problemas de competitividad de Francia.

Francia tendrá que revertir estas tendencias negativas, si es que intenta mantener su relevancia en el mundo, No es tanto una cuestión de qué hacer, sino cómo lograrlo. Como ha demostrado la experiencia de la presidencia de Chirac, la metodología de la reforma es quizás más importante que su filosofía. A pesar de los cáusticos comentarios de intelectuales parisinos que se han quejado de la pobre calidad del debate en la campaña presidencial, ha habido un intercambio real de puntos de vista sobre cómo enfrentar los problemas más acuciantes que enfrenta el país.

Nicolas Sarkozy, abanderado del gobernante UMP de centro-derecha, ha convertido el restablecimiento del respeto al trabajo duro la pieza central de su campaña. Aunque ataca la semana de 35 horas laborales, introducida por el gobierno socialista anterior catalogándola de “catástrofe económica”, se ha cuidado de no prometer su eliminación, al decir que debe verse como un mínimo y no como un máximo. Al contrario, ha prometido eliminar los impuestos y cargos sociales a las horas adicionales trabajadas.

También está prometiendo introducir un contrato único de trabajo para reducir los privilegios del mercado laboral para “los de adentro”, y crear más oportunidades para los “de afuera”. Pero, si resulta electo, su trabajo será convencer a la gente para que apruebe esos cambios. Como descubriera repetidamente Chirac, es difícil reformar ante la oposición de las masas en las calles.

Por su parte, Ségolène Royal, la retadora del Partido Socialista, la otra puntera en los sondeos, promete mejorar el diálogo entre el trabajo y el capital mediante el estímulo a que más trabajadores, particularmente en el sector privado, se incorporen a los sindicatos. Ella está muy enamorada del modelo nórdico, donde el cambio es mediante el consenso, más que la oposición.

François Bayrou, el líder del partido centrista UDF, que ha resurgido como la tercera fuerza en esta campaña, está prometiendo cambiar las reglas del juego político forjando un gobierno de coalición y edificando un consenso para reformar. También se le siente mucho más escéptico que los otros dos sobre “capacidad del Estado para potenciar la economía, y está prometiendo servicios públicos más pequeños y ágiles. “El Estado ya no puede seguir decidiendo todo. Está en una situación de fragilidad extrema; es un coloso con los pies de barro”, alega.

Cada uno de los candidatos parece tener algunas ideas buenas sobre cómo reformar a Francia. Pero algunos economistas siguen siendo desconfiados sobre la capacidad de cualquiera de los candidatos para implementar un programa de reformas abarcado.

Elie Cohen, del Consejo de Análisis Económico del gobierno, dice que las historia francesa casi no tiene ejemplos de reformas negociadas pacíficamente; el país ha avanzado solo mediante choques convulsivos, una vez que se convence de que su estatus como gran potencia está amenazado.

“La situación en Francia tiene que ponerse peor antes de que podamos hacer un cambio sensacional. Vivimos bastante bien. Nadie está sufriendo terriblemente. Contamos con un buen sistema de salud y un programa de bienestar social estatal generoso”, dice. “La situación no es desesperada. Para cambiar, tenemos que tener la sensación de que la situación se ha deteriorado espantosamente”.

Camdessus, autor de “Una carta abierta a los candidatos de las elecciones presidenciales”, es más optimista, cuando dice que muchos países –como Canadá, España y Suecia–, han reinventado sus economías. “Muchas personas dicen que, para reformar, necesitamos una gran crisis. Pero es preferible evitarla. Mi experiencia en el FMI me enseñó que quizás sea necesaria una crisis para reformar, pero durante una crisis no se reforma tanto, y deja de hacerlo cuando la crisis pasa. El enfoque inteligente es movilizar al país antes de que llegue la crisis y evitar la terapia de choque”.

¿Sería posible esto en Francia? “Yo lo creo, pero necesitamos liderazgo”, dice Camdessus. “Necesitamos un hombre o una mujer capaz de hacer que la mayoría lo siga. Los problemas son demasiado difíciles y complicados para hacer una reforma contando solo con la mitad del país”.

VERSIÓN AL ESPAÑOL DE IVÁN PÉREZ CARRIÓN