¿Por qué no me lo dijo?

Muchos menores han enfrentado en sus ingenuas y tempranas vidas tragedias y situaciones agobiantes que pudieron evitarse si entre ellos y sus padres hubiese existido confianza. Las madres, principalmente, deben ser amigas y hermanas de sus niñas no sólo para ir de compras, frecuentar la peluquería o compartir fiestas sino para hacerse confesiones íntimas. Hay mujeres que sienten como irrespeto o descaro las enternecidas revelaciones que quieren hacerles sus hijas, estimuladas por la emoción de un enamoradito pretencioso o de un casi infantil primer abrazo y, sin escuchar las confidencias, cortan la charla a la animada muchachita que quería hacer partícipe a mamá de esas situaciones que comienzan a despertar sus jóvenes sentidos.

Esta conducta irracional, primitiva, errada, arroja a los infantes o adolescentes a desahogar en perniciosas compañías sus inquietudes o a buscar aceptación en oídos mal intencionados, interesados o equivocados en los consejos y recomendaciones que puedan ofrecerles. Así devienen en lamentables, hechos que pudieron no ocurrir si hubiese estado presente la correcta información de los progenitores. Los casos más deplorables tienen que ver con el sexo. Papá se alarma cuando el muchacho le comenta el tema y hay mamás capaces de acallar la conversación con una bofetada. El resultado es un embarazo a destiempo, un incurable SIDA, un adicto perdido, sin remedio, un aborto mal practicado, una muerte inesperada, prematura.

Inspirar confianza en los hijos y constituirse en sus amigos es parte de la responsabilidad de educar, hoy más que nunca, cuando es inmenso el bombardeo de violencia, degeneración y abusos sexuales y consumo de estupefacientes tan a la franca y a las claras. Es peor enfrentarse a las desastrosas consecuencias que poner en alerta a los muchachos sobre esos peligros con los que, penosamente, conviven los dominicanos. Conozco una familia moralmente destruida por el fallecimiento de su hija menor: catorce años. Quedó embarazada de un compañerito del colegio y temiendo un fuerte castigo, un reproche, no se lo comunicó a nadie. Los dos chamaquitos decidieron el aborto y acudieron a un carnicero barrial que sin reparar en la edad de la parejita presentada en su funesta “clínica” sin la compañía de un adulto, dio manos a la obra, perforándole el útero a la chiquilla.

La niña sobrevivió una semana a la inmunda práctica, cuando ya era tarde para detener la abundante hemorragia y devolver el rosado a sus mejillas pálidas. Era desgarrador escuchar a la madre en el funeral que sólo atinaba a preguntar en medio de interminable llanto: “¡Dios mío! ¿Por qué no me lo dijo?”.