Por una sociología de la tolerancia

Por una sociología de la tolerancia

Rafael Acevedo Pérez

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Aunque se ha investigado y escrito abundantemente sobre los prejuicios y la discriminación social, no se ha hecho lo mismo sobre la tolerancia social; un área del comportamiento humano que es precisamente la otra cara de esa moneda.

La tolerancia no solo es parte de las mejores y más aceptadas enseñanzas filosófico-religiosas, sino que es un comportamiento del cual existen muchos ejemplos en la historia de la humanidad. Consecuentemente, se habla poco de este comportamiento, ya que el silencio suele ser parte del mismo.

La tolerancia es un patrón de conducta común en diversas especies vegetales y animales. Es una forma de acomodación entre y dentro de las especies a favor de la supervivencia.

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Desde la antigüedad ha existido algún tipo de tolerancia hacia extranjeros y extraños; así también respecto a características, formas, modos de comportamiento de miembros del propio grupo. Especialmente cuando los divergentes o disidentes son pocos, o no representaban amenaza o problema para el grupo. La Biblia refiere que a los enfermos de lepra se los apartaba en cuevas y zonas aisladas, para evitar contagio al resto de la población.

Siempre ha sido difícil desarrollar tolerancia para individuos o grupos que de alguna manera amenazan el orden y la seguridad de un conglomerado social; o que contradigan sus valores, creencias y costumbres fundamentales.

Cualquiera de nuestras sociedades, tradicionalmente, ha tenido formas pautadas de apartar a mujeres y hombres que trabajan en torno a la prostitución, en negocios como cabarets, dormitorios, casas de citas, moteles y afines. Restringiendo esas actividades y formas de conducta a “zonas de tolerancia”.

Un caso interesante de contradicción de los valores y creencias generalizadas en casi cualquier sociedad, y que se ha estudiado poco, es el del ateísmo. A pesar de haber existido siempre los ateos (Salmos 14 y 53) nunca fueron una amenaza para los grupos establecidos, puesto que sus convicciones no solían ser parte de una doctrina, ni de una comunidad de intereses; ni solían constituirse en grupos sociales o políticos. Actualmente hay categorías y agrupaciones sociales y políticas que no necesariamente profesan el ateísmo, pero que simplemente niegan la existencia de Dios.

Muy diferente es el caso de movimientos sociales y políticos cuya base no es necesariamente el ateísmo, pero que tienen esta visión de la realidad o forma ideologizada de pensamiento, como una especie de respuesta o negación de los fundamentos filosófico-religiosos de grupos establecidos a los cuales adversan. Rara vez fueron adversados los pensadores ateos.

Los intelectuales judíos europeos de los siglos 19 y 20 solían declararse ateos para evitar ser perseguidos por los poderes políticos y económicos de cobertura ideológica católica o cristiana. Contrariamente, siendo “ateos” podían ser más fácilmente aceptados en universidades y centros culturales (difícilmente siendo judíos). Especialmente, porque el judaísmo-sionismo europeo, en determinados aspectos, se posicionó o fue visto, localmente, como adversario de los poderes establecidos.

La historia del gran músico Gustav Mahler es sumamente ilustrativo (ver documental de Leonard Bernstein; YouTube). Max Weber lo destaca en “El Sabio y la Política” (Pág. 10). (Continuará)

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