Porque el olvido amenaza

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Repetir es obligación cuando el olvido asecha y un relevo bufonesco compite por la gloria. Porque los testigos se cansan, los amigos mueren, los agravios se diluyen entre tanta paparrucha y tantas ínfulas ridículas. Porque se mezclan recuerdos, informaciones y un dato puede intuirse malicioso cuando se ignora el contexto. Porque el tiempo de Orlando no es este tiempo y comparar o pretender emular el arrojo del periodista es de fantoches. Fue época de pugnas entre los generales de la ignominia. Ahítos de sangre y poder, con civiles de comodines que no sienten vergüenza luego de santificar como travesura o consecuencia, tanto horror. Se atreven a llorar muertes que pudieron evitar. Todavía, sin la autoridad del cañaveral y del ganado, del compadrazgo y el fusil, desde la opulencia, protegen a la parentela oprobiosa, que en lugar de cumplir condenas, exhibe honorabilidad.
Conocer las reyertas de uniforme, entre grupos similares a la triple A, es mandatorio para comprender cuan desafortunadas son las comparaciones. Para mantener su dominio y el beneplácito de aquel Balaguer implacable y veleidoso, actuaban sin reparos, con la bendición de cómplices ilustrados que pretendían pureza, inmersos en el fango. El todopoderoso premiaba y castigaba, conforme a su instinto. Seducía adversarios y luego propiciaba el desmadre con gestos y silencios. Manipulaba la codicia del generalato, ese que disparaba, torturaba, daba pelas, amenazaba. La crónica cotidiana de la violencia de Estado, definía el compromiso de la prensa. Orlando Martínez Howley, perseverante y atrevido, lúcido y cosmopolita, entendió, más que ninguno, la trascendencia del momento. Sin aspavientos, sabía cuál era el precio de su bravura. Multinacionales, políticos, militares, empresarios, embajadas, estaban en sus artículos. El generalato fue azuzado, la archiconocida columna del 25 de febrero del 1975, colmó la copa, devino en inapelable sentencia. Para entender el momento, no es agravio decir que Nivar Seijas le entregó el arma que portaba el día fatal. Tampoco es mentira afirmar que algunos de sus colegas desdeñaron la amenaza, renuentes a compartir protagonismo, aunque fuera competencia mortuoria y Gómez Bergés, vecino de Orlando y entonces canciller de la República, le advirtió que estaba planificada su defunción. No enturbia el coraje, la responsabilidad y la constante denuncia del Director Ejecutivo de la revista “Ahora”, autor de la columna más leída de entonces, “Microscopio”, expresar que Joaquín Balaguer lo admiraba y lamentó el crimen. Font Bernard afirmó, en una entrevista publicada en este periódico, que la víctima le regaló a Balaguer el libro Juan Salvador Gaviota. “Yo estaba presente cuando Balaguer le advirtió que se cuidara. Le dijo: Joven, usted es muy talentoso, no se arriesgue.”
En una de las audiencias del proceso penal que produjo una sentencia definitiva, 33 años después del asesinato, concebido como “una pela” y “un susto”, uno de los asesinos declaró: “todo aquel que se arrepiente es un cobarde. No hay tiempo para arrepentirse. Orlando era un comunista de ideología (sic) y su partido mató policías y guardias.” El concepto de cobardía del susodicho es bastante original. Asesinar es de valientes, arrepentirse propio de pusilánimes.
De la conmoción colectiva provocada por su deceso, quedó la persistencia del afecto. Fue la fatiga de los principios, la utilización y el espanto. Hasta los abogados que asumieron las diligencias procesales, abandonaron los estrados y la parte civil que logró la sentencia, estuvo representada por profesionales que apenas balbuceaban el 17 de marzo de 1975. Ahora que cualquier truhan es prócer y hay una alucinación de gloria que mete miedo, recordar el tiempo de Orlando es importante. Fenecen algunos símbolos cuando solo son válidos para una generación. Sin embargo, los de entonces, siempre repetiremos la reseña de aquella noche azul, cuando en la calle José Contreras estaban el silencio y esa pausa larga del fúnebre adiós. La tierra tembló, no es metáfora luctuosa, tembló. Después de ese hachazo homicida, la elegía de Miguel Hernández sirvió para acompañar el dolor y la derrota. Compañero del alma, tan temprano.