PRD: costos de sus fracasos

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Una mirada aún somera a la historia política dominicana de los últimos 50 años no desestimaría la importancia del PRD para el empuje democrático.

Aterrizó literal y simbólicamente en el momento del colapso de la dictadura trujillista, y capturó instantáneamente el imaginario político que anidaba la ilusión de libertad.

Juan Bosch, maestro de la palabra escrita y hablada, fue portavoz de la buena nueva.

Sus emisiones radiales fungieron de escuela política para señalizar una alternativa al proyecto oligárquico anti-trujillista que ofrecía la Unión Cívica Nacional.

Los eventos acontecieron vertiginosamente. De 1961 a 1962, la República Dominicana pasó de una dictadura longeva a un gobierno democráticamente electo, pero el experimento naufragó rápidamente.

La paranoia anti-comunista de Estados Unidos y de las fuerzas retrógradas dominicanas, hicieron causa común para cortocircuitar el cambio.

De todas maneras, el golpe de Estado sirvió para dotar al PRD de un sello progresista-transformador, mientras los sectores conservadores encontraron cobija con Balaguer a partir de 1966.

La salida de Bosch del PRD en 1973 facilitó la ampliación organizativa de ese partido bajo el liderazgo de José. F. Peña Gómez, pero su raza y origen social le hacían inaceptable ante los sectores conservadores.

Su papel crucial en los años 70 y 80 fue llevar el PRD al poder y distribuir beneficios políticos entre los líderes secundarios de su partido.

Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco y Jacobo Majluta fueron los beneficiaros de la proscripción electoral de Peña Gómez.

Así florecieron las tendencias perredeístas, que se atrincheraban en sus enfrentamientos y empobrecían las gestiones gubernamentales.

Entre 1978 y 1986, el PRD se tornó hostil a sí mismo y fracasó en dotar el país de una administración pública moderna, mejorar los servicios sociales y ofrecer mayores garantías ciudadanas.

En 1986, salió desprestigiado del poder y abrió paso a Balaguer, con quien los sectores conservadores siempre se sintieron cómodos y seguros.

En 1990, Peña Gómez decidió tomar las riendas del partido y presentó su candidatura tardía. Con un PRD todavía desacreditado, sólo obtuvo 23% de los votos. Volvió a ser candidato en 1994 y Balaguer le salió al paso con un fraude electoral. Lo intentó de nuevo en 1996 y Balaguer ingenió el Frente Patriótico que abrió el camino al PLD con Leonel Fernández.

La muerte de Peña Gómez en 1998 dio al PRD un aire de renovación electoral. Los sectores progresistas hicieron nuevamente causa con ese partido y facilitaron la elección de un Congreso de mayoría perredeísta en 1998 y de Hipólito Mejía en el 2000.

Otra vez, sin embargo, el PRD fracasó en impulsar un proyecto de reformas socio-económicas  y constitucionales acorde con su prometida socialdemocracia.

Hipólito Mejía creó feudos en el Estado para mantener satisfechos a los posibles disidentes, y el clientelismo arropó la administración pública.

Cuando en el 2003 el Congreso de mayoría perredeísta declaró a Balaguer “Padre de la democracia”, el partido se desprendió del único título que la historia le tiene indiscutiblemente reservado, porque en sus gobiernos, el PRD ha fracasado una y otra vez en encaminar la sociedad dominicana por un sendero de sólido avance democrático.

Los fracasos del PRD conllevan grandes costos para la República Dominicana porque el país ha quedado huérfano de un referente progresista que dinamice la democratización.

Las posturas retrógradas de la dirección del PRD y sus legisladores en el proceso de reforma constitucional (el voto a favor del Artículo 30 es un ejemplo), y la manera en que Miguel Vargas violentó los mecanismos institucionales para pactar con Leonel Fernández, son las últimas muestras del fracaso del PRD como partido vanguardia de la democracia dominicana.