Predominio Estatal

Predominio Estatal

DARÍO MELÉNDEZ
Los pueblos subdesarrollados apoyan el sistema político-económico que les imponen sus gobiernos, anulando la iniciativa individual mediante el manejo oficial de los recursos nacionales; el ciudadano común cree que la producción y el comercio, bien controlados por el Estado -como en Cuba- es la forma correcta de administrar los bienes y servicios que la población está obligada a producir para beneficio de la colectividad.

En los países desarrollados, donde predomina la producción y el comercio libres, la iniciativa individual y la libre empresa disfrutan de amplias libertades; las sociedades desarrolladas, felices y contentas de negociar directamente con los gobiernos del subdesarrollo y no con comerciantes y productores locales, así sus negocios no corren riesgos, venden a muy buenos precios y cobran sin dificultad, con sólo asignar una buena comisión -que se carga a los precios- a funcionarios claves; con corrupción y todo, sus negocios andan muy bien. Nuestros productores y comerciantes no pueden vender a gobiernos extranjeros, tenemos que negociar directamente, en competencia, con comerciantes y consumidores.

La cándida población no se da cuenta que la política le mantiene las manos atadas; al no sentirse satisfecha de su situación, culpa de su miseria al gobierno que maneja el comercio y las finanzas y espera que el jefe de turno se encargue de sus necesidades.

Pasa una generación, viene otra y el sistema se mantiene.

Si se comparan islotes como Singapur o Hong Kong, su reciente iniciación como enclaves comerciales independientes, separados del control gubernamental, mejor aún, si se observa la isla Formosa, la fecha de su establecimiento productivo, con la independencia de la República Dominicana -como entidad soberana, según la soñó Duarte con el almacén comercial de su familia- se verá que hemos andado, por siglos, descarriados de la realidad productiva que ha existido y existe en el mundo de los ricos.

Entidades recientes, si son comparadas con nuestra constitución como país, su progreso resulta inigualable con nuestra existencia como nación, el letargo en que nos hemos mantenido, confiando al gobierno la administración de los recursos nacionales, a través de teorías económicas inoperantes, impuestas por Trujillo y ratificadas por prestamistas internacionales, cuya misión es garantizar intereses comerciales de otros países, acostumbrados a negociar con el gobierno y no directamente con el consumidor local, nos colocan en una situación muy desfavorable.

La deuda nacional nos abruma y no nos damos cuenta -o no queremos darnos cuenta, para no asumir la responsabilidad individual que corresponde- del dogal que nos aprieta, aceptamos con resignación el sistema que se nos impone a través de un Estado interventor, al cual, por ignorancia, endilgamos todas las atribuciones que nos corresponde asumir individualmente como ciudadanos libres. Nos gusta ser esclavos, encargar al gobierno gestiones que nos corresponde realizar como ciudadanos, preferimos depender del Estado y no disponer individualmente de nuestra capacidad productiva para crear fortuna, seguridad propia y de nuestros dependientes; ser siervos llevados de la mano por el régimen que dirige y dispone por nosotros, es el destino de nuestra existencia.

Los gobiernos han de tener como única misión mantener el orden público y garantizar el respeto a las leyes nacionales, nada más. Para lo cual no tienen que manejar recursos económicos ni endeudar el país imponiendo teorías mostrencas, que impiden el desenvolvimiento productivo de la ciudadanía, su autoridad moral se impone a través de la aplicación de las normas.

Despertar del letargo en que nos ha mantenido el ejercicio político-gubernamental, asociado a prestamistas internacionales, que conducen a una permanente dependencia financiera, la cual el Estado está obligado a preferir, con humillantes ayudas y corruptora asistencia social, sin permitir que cada pichón salte del nido, ha de ser el objetivo final. La malsana filantropía, que data de la época de Fray Luis de Montesinos, la España Boba, el Padre Billini y el régimen que nos damos por idiosincrasia nuestra, deben dar paso al realismo pragmático, que se imponga mediante un auténtico libre comercio. El mundo avanza a pasos gigantescos, con el desarrollo de las comunicaciones el comercio se dispara en un tren supersónico y quien no se engancha a él se queda en el desierto de la miseria; hoy día, los habitantes del globo buscan vivir bien como viven los desarrollados, emigran masivamente, invaden y entran en áreas supuestamente reservadas, sin que los gobiernos puedan impedirlo, la única forma que existe para detener esa diáspora, es permitiendo que cada individuo haga su vida sin trabas ni impedimentos comerciales. Todo en la vida gira alrededor del comercio, cada individuo es un mercader de los recursos que genera, con ellos ha de hacer su vida conforme sus deseos, sin que se le impida su propia iniciativa.

Las teorías económicas, que endilgan al Estado el manejo de los recursos nacionales, han de quedar en los archivos de los políticos, para que mantengan su affaire de contenido social, inherente corrupción y consabidas promesas de soñado bienestar, si encuentran quien les crea. El país debe buscar su desarrollo a través de la independencia económica personal y legítima responsabilidad individual, sin que gobierno alguno tenga que ir en auxilio de nadie, cada quien ha de trabajar para su subsistencia, asegurar su porvenir mediante el trabajo productivo y no permitir que el 98% ó toda la población tenga que evadir impuestos para crear acervo personal.

Todo el que quiera vivir dignamente, ha de disponerse a producir riqueza lícitamente.

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