Pretexto y contexto en “Memorias de la señora” de Carmen Imbert-Brugal

La memoria es el único paraíso
del que no podemos ser expulsados.

Jean Paul[i]

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

Jorge Luis Borges[ii]

Literatura y memoria son dos conceptos coexistentes para muchos escritores.  Desde los tiempos de la Antigüedad hasta el Renacimiento, la memoria no se restringía al pasado, sino que se abría hacia el presente e incluso hacia el futuro. Los poetas estaban convencidos de escribir para el futuro, para que hubiera memoria de sus obras y memoria de las historias que relataban.  En los últimos versos de la Metamorfosis, Ovidio expresa la firme fe en la inmortalidad de su fama.[iii] Ciertamente, la memoria tiene una larga tradición en la literatura aunque se pone de moda en la posmodernidad. Son muchos los autores latinoamericanos que se apropiaron de ella y escribieron sus recuerdos plasmados en autobiografías o historias de otros.

Siempre se han relacionado los conceptos memoria y olvido.  Este último siempre se pasea como el antagonista de la memoria y aparentemente amenaza con destruirla.  El filósofo y crítico francés Paul Ricoeur afirma: “En efecto, el olvido sigue siendo la amenaza inquietante que se perfila en el trasfondo de la fenomenología de la memoria y de la epistemología de la historia.”[iv] Precisamente, la lucha constante entre memoria y olvido está presente en los relatos que componen Memorias de la señora.  Como cómplice y testigo de estos, se encuentra el sujeto femenino encarnado en la imagen y en las miradas múltiples de la señora.  Detrás de ese sujeto femenino está el lector como sujeto paciente de las historias reunidas a través de los veinticinco relatos que componen el texto.  Comento varios cuentos del libro para provocar su lectura como un ejercicio necesario de nuestras propias memorias y recuerdos.

He seguido la trayectoria literaria de Carmen Imbert-Brugal y afirmo que la metáfora de la señora se repite a lo largo de la misma. Desde su primera colección de relatos Infidencias de 1989, su inclinación hacia la construcción de personajes/protagonistas mujeres es una constante que se ha desplazado en sus próximas publicaciones.  En su primera novela Distinguida señora del 1995 esa multiplicidad de miradas y representaciones del sujeto femenino a través de los recuerdos son los hilos conductores de la obra.  Le siguen su segunda y tercera novela, Volver al frío de 2003 y Sueños de salitre de 2006, donde el Caribe y la diáspora dominicana son los contextos de las historias de tantas mujeres y hombres.  En  su última entrega, la colección de cuentos Memorias de la señora, Carmen utiliza como pretexto la memoria, que transita del presente al pasado y en un juego poético se desplaza de cara a un posible futuro.  Como contexto, maneja los diversos escenarios de nuestro hermoso Caribe, de América o hasta del mundo en general.  Me cautiva ese futuro que descifra los recuerdos de los personajes femeninos y ciertamente, el primer relato del libro lo evoca como esperanza: “Sin nostalgia de mí, sin mañana, el futuro solo lo entiendo cuando me miro niña, allá lejos, entre rumores de berenjenas y maracas, escuchando: Qué niña tan bonita, Ismael. Cuídala, tiene mucha gracia.”[v] El recuerdo y su imagen de niña son las respuestas y el camino a seguir.  Uno de los últimos cuentos incluidos en Memorias de la señora lleva como título “Sin nadie.” El mismo recoge ese gran centro o eje, que a mi parecer, une todos los relatos: la memoria. Cito del mismo:

“Para qué sirve la memoria, es incapaz de permitirnos gozar una   soledad real. Ya no soy yo sino todos los otros, todas las otras que me persiguen, me asedian, como si fuera la vida mirar el espejo que nadie  puede atravesar para tutearnos con las culpas y las alegrías, con los errores y los aciertos.”[vi]

Todos estamos llenos de memorias que nos transforman y llega el momento en que somos un reflejo de la misma. Así que, esta nueva entrega de la autora nos sumerge en ese espacio donde la niña, la adolescente, la joven adulta y las señoras, todas ellas, se unifican en un juego al escondite con sus respectivos seres, como afirmó la poeta puertorriqueña Julia de Burgos en su poema “Yo misma fui mi ruta.”  En ese juego al escondite, la metáfora del espejo es muy sugestiva y está en función de incorporar la imagen de esas señoras desde múltiples miradas.  En ocasiones ese espejo solo es el reflejo distorsionado de esa imagen, por lo que el cuento “El secreto del espejo” es el mejor ejemplo y cito: “Cuando llovía, Adelaida corría a los armarios y buscaba sábanas, mantas, manteles, para envolver las agujas, las tijeras, los cuchillos, pero sobre todo los espejos.”[vii] El espejo refleja una imagen, que en ocasiones, no se quiere reconocer.  Más adelante en el cuento, Adelaida ya no recuerda ni cómo era su rostro porque ha prescindido del espejo y cito: “Ella no se acercaba a nada que le recordara un espejo y menos si había tormenta. Creo que hasta olvidó cómo era su rostro…”[viii]

En los cuentos “El amante difunto” y “No me dijo adiós”, las voces narrativas representadas por la memoria de la niña nos presentan historias marcadas por el dolor y la incomprensión. En el primer cuento, la memoria de la niña expresa su incomprensión ante la realidad de una de las protagonistas, Helen, quien sufre de trastornos mentales a partir de la muerte de su amante-amado, hace quince años.  La historia se traslada hacia su infancia, donde se nos hacía difícil comprender la tragedia psicológica de muchos.  El personaje-protagonista de Adelaida, amiga de Helen, se convierte en principal de varios de los relatos. En ocasiones, pensamos que Adelaida es una constante en la memoria de la señora, además de Ismael, compañero-esposo de ésta. Adelaida es la amiga fiel de Helen y como un ritual, la espera diariamente para hacerse cómplice de los recuerdos truncos de la otra. Nuevamente, la memoria se desdobla. Para la voz narrativa representa los recuerdos de un pasado inolvidable, a veces triste; para Helen un presente continuo, pues ella cree que su amado vive, habla como si lo estuviera y hace quince años que falleció.  La locura y la enajenación del mundo que rodea es una respuesta para apalear el dolor, que en ocasiones no se supera, como es el caso de Helen.  Por su parte, Adelaida ayuda a sobrevivir a Helen dentro de ese espacio que ella ha creado en la sala de su casa.

La repetición de personajes en diversos contextos no es una casualidad, sino que sirven para estrechar esos lazos solidarios entre ser mujer y vivir dentro de una colectividad dominada por hombres.  El personaje de Adelaida conforma ese universo y le da voz a las múltiples historias recogidas en el libro de cuentos. Adelaida, en ocasiones es niña, adolescente,  mujer casada con familia, en fin, amiga.

El contexto donde coexisten estos personajes femeninos y sus recuerdos puede ser cualquier país del mundo, el Caribe o Latinoamérica entera.  A partir de ese contexto, subyace en muchos cuentos una mirada a la violencia hacia la mujer y la familia.  También Carmen Imbert-Brugal le saca provecho a esa memoria como un pretexto para rescatar las historias marcadas por la violencia en nuestro Caribe. Sin duda alguna, el cuento “El silencio como castigo” recoge en el título una de las metáforas más representadas en la literatura escrita por mujeres para denunciar la condición de opresión de la mujer.  Teresa, la protagonista,  es víctima del maltrato de su esposo, quien es impotente y desata su condición, su trauma y su vergüenza contra ella. Ante el maltrato del que ella es víctima, el silencio se convierte en su cómplice. Ella castiga a su marido y a su familia al dejar de hablarles.   Así estuvo quince años hasta que rompe el silencio una vez fallece su esposo. En ese momento, renace otra mujer y cito: “Como no podía deshacerse de su cruz, optó por el silencio y no le habló  a él, ni a las cuñadas, ni a los suegros, hasta el día de la muerte de José. …Tenía entonces Teresa, edad fresca para intentar una nueva vida y lo hizo después que se entrenó en el uso de la palabra…”[ix]

Son muchas las memorias de la señora o señoras, de la niña o adolescente, en fin, de la mujer, desde el presente hacia el pasado o como muy bien afirmé, en recuerdos alineados hacia el futuro. Pudiera presentar otros relatos, pero nuestra caja de recuerdos es un universo inexplorable en toda su complejidad, por lo que le dejo al lector la reconstrucción de esos espacios posibles. Para culminar, mediante un micro relato que aparece casi al final del libro, “El tiempo, mi tiempo”, se reafirma la memoria como un homenaje al recuerdo y una esperanza hacia el  porvenir:

“Eso es el pasado, pero los siento futuro, ahora soy yo sola y si no respiro, ni como, ni me muevo, ni me pienso, no existo. Ojalá supiera que otros me   piensan o me recuerdan para creer en el futuro, como lo hago yo cuando  me entra una parálisis de tiempo para vivir, ni dónde está, ni quién lo tiene o si yo misma soy los tiempos”.[x]

En fin,  las palabras del insigne poeta español Antonio Machado me parecen muy pertinentes y las pronunciaré como mi homenaje al libro de Carmen: “Cuando recordar no pueda, ¿dónde mi recuerdo irá? Una cosa es el recuerdo y otra cosa recordar.”[xi]