Prisioneros

Los últimos 80 años han sido los más duros de nuestra historia republicana. De 1930 en adelante hemos tenido el pueblo por cárcel y en muchos casos ni siquiera nos dábamos cuenta.

Durante el trujillaje vivíamos en una isla que tenía al oeste a Haití, país que nos pintaban como un mar encrespado lleno de grandes y agresivos tiburones asesinos.

Los demás puntos cardinales eran predios para que la Marina de Guerra, el Ejército de Ocupación, la Policía opresiva y  la Fuerza Aérea contrabandista que nos acorralaban, mientras, el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) rondaba nuestras casas, amenazaba con su ingrata presencia y nos recordaba nuestra situación de prisioneros.

Había, sin embargo, algunos alicientes: la fresca brisa de la tarde que movía el cabello de las muchachas, la sonrisa que iluminaba los labios de la amada, el brillo de su mirada y la ternura de su voz.

Fuera de ahí, obligaciones, exigencias, deberes y un control tan estricto que hasta la alegría era reglamentada.

Un gobernador provincial, corto de vista, se bajó a recoger 10 centavos y cuando palpó el gargajo grito colérico: ¡prohibido, carajo, prohibido escupir redondo!

En esos años la cárcel estaba dentro de cada quien.

Muerto Trujillo la situación cambió. Se cambió la jaula de oro de la tranquilidad viene de tranca, por la persecución política abierta a quienes postulaban ideas diferentes a las de quienes mandaban.

Mal contados, entre muertos y desaparecidos hay más de 800, durante las doce años de gobiernos de 1966 a 1978, presididos por el doctor Joaquín Balaguer.

Cuando pasó Balaguer se pensaba que la sociedad se enrumbaría hacia el respeto a las libertades, al derecho ajeno y al gobierno de honestidad, eficiencia y soluciones. No ha sido así, pero además, de un tiempo a esta parte sufrimos una situación de toque de queda permanente, de día y de noche, debido a que vivimos acorralados por la violencia y el crimen.

Esta semana asaltaron a Miriam, mi esposa, y a la amiga Altagracia Salazar. Ambos atracos fueron realizados por hombres que se colocaron a ambos lados de los vehículos en los que ellas viajaban.

Primero teníamos temor a ser víctimas del trujillaje, luego de ser abusados por los esbirros del balaguerato.

Ahora, como no podemos andar en vehículos blindados, tenemos que buscar una solución. Nada ni nadie está seguro, no hay paz.

Mientras, como música de fondo se escucha el aire que cantaban “Los Guaraguaos”  estamos prisioneros/carcelero/yo de estos torpes barrotes/tú del miedo.

Sólo que el carcelero es la autoridad no ejercida, la autoridad cómplice, la sociedad permisiva.