Problemas de nunca acabar

PEDRO GIL ITURBIDES
Los panaderos amenazan con elevar los precios de este alimento. Con la harina de trigo cara, y caros también otros insumos, pactaron un subsidio con las autoridades. Al parecer el subsidio, como muchas otras transferencias corrientes, se otorga tarde, mal y nunca. Los consumidores no tienen alternativas, pues hasta los bienes de consumo de precios más bajos hasta principios de año, como la yuca y la batata, también subieron de precio.

Se ha procurado un acuerdo con sectores productivos y comercializadores para reducir el valor de venta al detalle de seis productos de consumo masivo. Como siempre, ante situaciones que se ponen en manos de gobiernos ineficientes, estamos tomando el rábano por las hojas. Si bien los altos precios mundiales del petróleo y varios de los cereales de gran consumo en el país son excusa valedera, hay opciones por explorar.

La primera se relaciona con un tema del que muchos expertos e interesados han hablado hasta la saciedad. En estos días rondamos alrededor del mismo con enfoques diversos, y este escrito es prueba de la reiteración en su tratamiento. El país tiene que producir bienes de consumo, y de alguna manera dirigirse a su más prolongada conservación. Pero es indispensable promover, alentar o sostener otras iniciativas.

La destrucción de los centrales azucareros nos pesará hasta que, otros países, busquen otros combustibles distintos a los que se extraen del petróleo. Porque, sin que nos confesemos pesimistas respecto de las habilidades y de la sapiencia local, no los esperemos. Los brasileños consumieron el mes antespasado mil cuatrocientos nueve millones de galones de gasolina. Durante el mismo período mensual consumieron mil cuatrocientos treinta y cuatro millones de galones de alcohol etílico. ¿Qué producto es éste? El mismo alcohol que puede obtenerse por destilación de la caña de azúcar.

La diferencia es significativa. Rondan, los dos niveles de consumo, una medida promedio. Pero el etanol está por encima. Contra este alcohol conspiró la prolongada estabilidad de los precios internacionales del petróleo, luego de la crisis de 1973. Por aquella época a los brasileños se les aconsejó que abandonaran esa producción. Después de todo, producir un galón de alcohol resultaba más caro que producir un galón de gasolina. Tozudos sin embargo, los brasileños, la mayor parte de cuyos políticos son corruptos al igual que los de aquí, continuaron adelante.

Diversas formas de financiamiento estatal y bancario –reembolsable y no reembolsable-, sostuvieron esta producción. Las fábricas brasileñas de vehículos, sobre todo la Fiat, mantuvieron la fabricación de vehículos utilitarios con carburadores adaptables al consumo de gasolina o alcohol, o al de una mezcla de ambos.

Pero en los tiempos modernos no avizoramos alternativas ni alentamos iniciativas creadoras. Curiosamente, en cuanto a los combustibles, a Rafael L. Trujillo se le antojó dictar una ley, promulgada en 1949, que autorizaba la mezcla de ambos combustibles en un 85/15%. Pero increíblemente, bajo ciertos gobiernos de cariz democrático, vive el país con el cuento de nunca acabar.