Profesora de Cívica confía en su machete

Rafael Acevedo

Lo menos que desearía una mujer o un ciudadano cualquiera es tener que andar defendiéndose, personalmente, de los atracadores de a pie o motorizados, cazadores de celulares y carteras. O estar preparada para defenderse de abusadores en yipetones, o de conchistas que juran-a dios-que-la-calle-es-solo-suya.
Más lamentable es sentir permanente temor o desconfianza de las propias autoridades, y hasta de fiscales y jueces que hubieren de impartirle justicia.
Una sociedad se supone que es un conjunto de individuos y grupos que se organizan y actúan en base a una serie de reglas y normas, principios y valores, que se constituyen como sistemas de roles o papeles complementarios, recíprocos entre sí. Nadie saldría a la calle si desconfiara de todo el que le pase por el lado, del policía de la esquina, y del sistema legal, y no supiese qué esperar los demás. Es decir, que una persona sale de su casa bajo el supuesto de poder predecir de antemano muy aproximadamente lo que va a pasar con cada individuo con quien se tope en la calle, en el supermercado o en el banco. Porque sentimos temor de solo imaginarnos caminando solos en un país desconocido sin ser llevado y protegido por un guía, si no conocemos el idioma y las costumbres locales.
Pero aún dentro del propio idioma y cultura, hay países en los cuales los visitantes pueden sentir temor por no entender cómo funciona su sistema de seguridad y protección a ciudadanos y extranjeros, o por tener clara la idea de si los agentes del sistema de vigilancia y seguridad son propiamente confiables.
Incluso los que estamos aclimatados y nos creemos capaces de movernos sin mayores tropiezos, tenemos un irritante coeficiente de tensión respecto a las imprudencias y arbitrariedades de conductores, venduteros, peatones y autoridades viales.
Por ello hay muchas personas que se ocultan tras un oscuro cristal empapelado para que no sepan que se trata de una mujer o una persona mayor que viaja sola en su vehículo. Hay muchos que andan con armas por si alguien intenta abusar de ellos o ellas, porque llamar a la policía puede resultar inútil.
Recientemente, una profesora, nada menos que de Moral y Cívica, de un prestigioso colegio de esta Capital, en un incidente de tránsito, sintiéndose abusada e indefensa, sacó del baúl de su vehículo un reluciente machete; el cual no dejó de blandir hasta que reiteradamente se lo pidiera el agente que acudió al lugar.
Conozco personas que se han librado de un asalto o de ser físicamente abusadas, por haber dado la impresión de estar armadas. No es difícil imaginar cuantos asaltos y abusos más se producirían en plena calle si los atracadores de oficio supieran quienes no llevan armas en sus vehículos. Una enorme pena, porque en países civilizados, donde las instituciones del orden funcionan razonablemente bien, nadie debería jamás portar armas para su propia defensa.
Hay que entender el ánimo y estado mental de una educadora de Moral y Cívica cuando ha preferido confiar en su propio machete.