Progresismo, desigualdad e inclusión social

MARCOS-VILLAMÁN

La democracia entendida como derecho económico-social de los diversos sectores sociales en el marco de una estructuración participativa de la sociedad; la lucha contra la pobreza y la desigualdad asumida como un esfuerzo de inclusión económico-social, y más tarde las cuestiones de género con la reivindicación y defensa de lo femenino en el centro, han sido algunas de las demandas fundamentales de las llamadas fuerzas progresistas de América Latina en las últimas décadas. Estas tres demandas han realizado un amplio recorrido en los diversos países de la región hasta colocarse en el centro de las luchas populares y democráticas en décadas recientes. Se establece así una relación problemática entre la democracia -dimensión política-; la lucha contra la desigualdad y las cuestiones de género, -dimensión económico-social-cultural- de un complejo proceso social.

A mi juicio, el progresismo parece vivir hoy una situación complicada en la región que podría expresar un cierto agotamiento del mismo como oferta socio-política. En ocasiones su presencia en los discursos políticos de las fuerzas que se definen como progresistas luce imprecisa. Al punto que pareciese que, a veces, ese progresismo solo existiría en la memoria de los sujetos que antaño se definieron como tales y que hoy solo les sirve a los mismos como un referente nostálgico y desdibujado dominado por un neoliberalismo camuflado.

Sin duda, en la actualidad la institucionalidad democrática parece ampliar su presencia en los países de la región: elecciones periódicas, cambio pacífico de gobernantes y ampliación de las libertades públicas; y por otra parte, aún cuando falte mucho camino por andar, el cambio de situación en lo que respecta a la participación social y política de la mujer y la ampliación del rol femenino es innegable aunque insuficiente. Sin embargo, con algunas excepciones, no parece suceder lo propio en el caso de la lucha contra la pobreza y la desigualdad, que son asuntos más complicados de enfrentar. La extensión de estos flagelos continúa siendo escandalosa y con respecto al modelo social en la mayoría de los países de la región, no parece haberse producido un avance significativo en la construcción de relaciones sociales más incluyentes.

¿Será que el modelo social liberal dominante se ha “naturalizado” y, en consecuencia, se habrían descartado los esfuerzos de transformación de esta dimensión de lo social? Así, el liberalismo dominante sería asumido como parte del “ordenamiento natural de las cosas” y en consecuencia como mejorable más notransformable al carecerse de respuestas acerca del “hacia donde” de su transformación. Los cambios económico-sociales y socioculturales se ubican hoy en el contexto y los límites del orden social liberal. De esta manera, la situación social de las grandes mayorías de la región sería entonces mejorable más no transformable.

Si este nuevo contexto fuera cierto, algunas preguntas habría que plantearse: ¿Los procesos de movilización social que han irrumpido hoy, de nuevo, en una parte importante de los países de América Latina tendrán que ver con la percepción de esta especie de imposibilidad transformadora y agotamiento de la esperanza de sus sectores sociales mayoritarios? Si fuera así, ¿hacia dónde apuntan esas “nuevas” demandas sociales, y por cuál vía – por medio de cuál ordenamiento social- podrían encontrar respuestas? Dado que la socialdemocracia parece estar de moda ¿tendría la socialdemocracia, aparente oferta discursivamente dominante en la actualidad, algún aporte que hacer en este contexto y sería ese el carácter de las respuestas que se van implementando en la región?; ¿Esta naturalización del capital es una consecuencia inevitable del proceso social actual? Será que, como afirman algunos, ¿el actual,“es el momento liberal” también para América Latina? No pocos piensan que sí. (Cfr. Becerra, 2018, p.22).