Progreso, galloloquismo, Euclides y actitudes

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
No cabe duda. Si bien no hacer nada es lo más fácil de todo, hacer algo mal y requiriente de continuas correcciones, parches y arreglos mostrencos de escasa duración le sigue a la facilidad de no hacer nada. Junto a ésta tenemos la práctica -tan penosamente común en nuestro país y en otros con el mismo nivel de desarrollo- que consiste en “empezar” pero no terminar lo iniciado mediante un firme mecanismo de mantenimiento que garantice la eficacia de la inversión reconstructora. ¿Cuántas ganancias ilícitas y delictuosas no se agazapan bajo tal práctica?

Lo grave del asunto es que el dinero utilizado tan a la ligera, no ha sido producido por quienes disponen de él, valiéndose de la obligatoriedad de los impuestos, sino por la población, por los apremiados contribuyentes sin nombre ni esperanza, porque el Estado viene a ser una entidad fantasmal, intocable, capaz de manejar recursos que no sabe -ni le interesa saber- quiénes los generaron con diversos niveles de esfuerzo, talento y dedicación.

Si se va a efectuar cualquier evento, propio de la edificación correspondiente, leemos acerca de los millones que habrán de invertirse en la adecuación del local para hacerlo digno de la actividad para la cual fue concebido y construido.Tuve el honor de ser el solista en la inauguración del espléndido joyel que fuese el Palacio de Bellas Artes. La Sinfónica Nacional me acompañó el Concierto para violín de Beethoven, bajo la batuta del maestro Caggiano en aquella primera actividad en el magnífico Auditórium que formaba parte de un verdadero Palacio, reluciente de mármoles, esculturas, pinturas, “objetos de arte” e impactante presencia.

En la entrada este había una gran placa de mármol con la firma de Trujillo copiada en bronce. Si descabezada la dictadura, procedía quitarla, aceptemos la opinión anti-histórica. En Roma se mantienen las siglas SPQR (Sanatus PopulusQue Romanus) en recuerdo de lo que hicieron los césares y el Senado en favor de Roma.

Es que la historia no se puede borrar. Está ahí.

¿Por qué ocultar con hermosas obras de nuestros artistas pictóricos el obelisco destinado a señalar la monstruosidad de borrar el venerable nombre de Santo Domingo para cambiarlo a Ciudad Trujillo en aquellos años en que la dictadura del generalísimo lucía eterna? ¿No procedía dejarlo como limpio testimonio de la megalomanía y adulación bien pagada, y así perpetuar en una placa de mármol (el bronce se lo roban impunemente) el documento del irrespeto histórico y la bajeza que lo hizo posible, señalando que nunca habrá de repetirse tal monstruosidad?

A inicios de esta semana Euclides Gutiérrez Félix (quien no gusta de que lo llamen Doctor cuando no está actuando como abogado) hablaba en el programa “El poder de la tarde” acerca de una nueva materia que se imparte en la Universidad Autónoma de Santo Domingo: “El Galloloquismo”, cátedra que cuenta con buen número de entusiastas estudiantes que salen de las aulas primadas de América, deshonrando la enorgullecedora tradición de altos conocimientos, cimera disciplina y empinado rigor disciplinario de la Alta Casa de Estudios.

Por supuesto que no todos los graduados -tal vez ni siquiera la mayoría- salen vueltos unos “galloslocos” que hablan disparates sin cuento, pero, desgraciadamente, son muchos.

Por eso, a menudo, nos parece estar viviendo en la tierra del disparate, donde se habla sin pensar, sin criterio y sin convicción.

Entonces viene a resultar que cobra vigencia la lógica geométrica del matemático griego Euclides (Siglo III a.C) quien refundió y modernizó la geometría entonces existente, proveniente de los matemáticos árabes. Yo no sé cuánto tenga que ver el nombre que uno lleve con lo que es y hace, pero sospecho que algo existe y…como no sabemos nada en verdad… a lo mejor existen influencias, como las de tratar de poner las cosas en su sitio.

A cualquier precio.

Tenemos que reconocer que el “galloloquismo” nos están dañando como nación y nos lleva al predominio del disparate y la insensatez.

Esa enormidad de millones destinados a una campaña presidencial a destiempo, que obliga a otros aspirantes a una competencia activa o al “dejar hacer”, desangran el país.

Es la máxima expresión del “galloloquismo”. Y la más trágica, porque los grandes recursos toman un camino equivocado y malo.

No creo que el presidente Fernández deba hacerle el juego a los tempraneros. Creo que su presencia debe estar solamente en los hechos. Por ahora.

El dinero, cuantioso, que se gasta en propaganda habrá de surtir mejor efecto si se invierte en obras de bien social con características permanentes, carentes del sello de lo circunstancial, del “operativo” transitorio como siempre resultan ser los agitados y nerviosos “operativos” como los de AMET, que en la cercanía de una orden, multan y maltratan a los conductores de vehículos (a algunos) que hablan desde un teléfono celular, pisan una pulgada de un paso de peatones, no usan el cinturón de seguridad, van a contravía o irrespetan las órdenes contradictorias de un semáforo y un agente de tránsito. Eso dura poco.

Así no es.

La clave del progreso está en la solidez rígida de las actitudes.