Promociones erradas: lujo en lugar de trabajo

 Me preocupa la excesiva y  exquisita promoción del lujo, como si los más costosos artículos,  artefactos de diverso uso y dimensión, fuesen la más alta meta de las aspiraciones humanas.

Nos ha caído encima una oleada, un tsunami de consumismo… y descontento.

Hará unos veinte años, durante una corta visita de trabajo en Nueva York, vi por primera vez, en una elegante vitrina, las plumas y bolígrafos “Mont-Blanc”. Eran una curiosidad por su grosor (que me pareció exagerado) y su deslumbrante brillo negro de laca china y oro.

Ninguna de las personalidades con las cuales traté, todos muy ricos y poderosos, llevaba una. Algunos portaban bolígrafos desechables. Otros, productos “Parker” y similares. 

Aquí, desde hace algún tiempo, se destaca en el bolsillo de las camisas y chacabanas el logo blanco de una “Mont-Blanc” dominando la inmersión del valioso instrumento de escritura.

Le pregunté a un amigo, cómo había adquirido algo tan costoso. Me respondió que era una falsificación china, pero que “da el golpe y da estatus”. 

Agregó que yo estaba perdido: “¿Cómo es posible que no te des cuenta de que manejar un  Toyota Corolla del 2000, como tú haces… un “Toyotica”…  te rebaja? Seguro que  hay sitios a los cuales no te dejan entrar y te tratan despectivamente. Hay que presentarse en BMW nuevo, un Mercedes, o  vistosos carros americanos del año. Hay que cojerlos fiao… hay que dar el golpe… de otro modo no se asciende… la apariencia es la apariencia”.

Lao-Tse, el filósofo y    religioso chino, nacido por el 604 a. C., figura principal dentro del taoísmo, una de las grandes “vías de liberación” orientales, escribió en su Libro del Sendero Recto (pag. 1, § 2) que “El exceso de exhibición de objetos codiciados es fuente del espíritu de rencor”.

Creo que tuvo y tiene toda la razón.

Esta violencia creciente que nos agobia, nos confunde y nos entristece; porque algunos  sentimos que son resultado del mantenimiento de crueles desigualdades y del bombardeo constante de una publicidad que da a entender que todos podemos disfrutar vacaciones en inmensas embarcaciones de lujo por las islas griegas, o que si no vamos a París o a Roma, si no conocemos detalladamente Europa, o Asia, es porque somos inferiores. Somos “chusma”.

Somos unos fracasados. Somos ciudadanos de última clase.

¿Y es así? No.

Siendo violinista de alto nivel de la Sinfónica de Cincinnati, en los casi seis meses de una gira alrededor del mundo, estuve hospedado en hoteles de lujo, aunque mi salario oficial era moderado. Todo estaba cubierto.

Pero fue mi trabajo, mi preparación aquí, en la República Dominicana, la que me llevó a tal privilegio.

La base fue el trabajo. Cuando otros niños jugaban, yo estudiaba y  trabajaba en la imprenta de mi padre, en la cual él me había atribuido responsabilidades desde cuando apenas contaba yo diez años.

Me preocupa el facilismo, la blandura y concesividad ilimitada que, por teorías mal comprendidas o manipuladas por inconsciente comodidad,    nuestros jóvenes están cada vez más perdidos, más vulnerables para acoger actitudes de poco o nulo esfuerzo.

Pero “los Medios”,  mueven  hacia la idea de que todo es posible para todos.

Pero no promueven el valor del esfuerzo, del trabajo y de la honestidad.

¡Qué pena!