Prostitución infantil

En la medida en que han ido proliferando los negocios de venta de placer, estimuladas estas inversiones por una demanda muy acentuada en algunos polos turísticos, ha ido creciendo el número de menores de edad que resultan pervertidos en la práctica de la prostitución.

Es un hecho conocido que una parte de nuestro turismo nos hace anfitriones de gente promiscua, con aberraciones, que viene al país atraida por una malsana y denigrante propaganda internacional que nos presenta como paraíso de venta de placeres eróticos, incluyendo en la oferta menores de edad.

La noche del jueves, en el malecón de Puerto Plata, fueron arrestadas quince menores que se dedicaban a la venta de placeres. Las autoridades, por otra parte, han clausurado algunos negocios y tienen otros en la mira por su especialidad de prostituir menores.

En días pasados las autoridades intervinieron una página difundida por la internet que contenía fotografías de niñas y niños desnudos.

Por la preservación moral de nuestros niños, niñas y adolescentes, es necesario arreciar la persecución de todo aquel que estimule la prostitución temprana o que se lucre mediante la promoción de la misma por cualquier medio que sea. Hemos hecho importantes modificaciones a nuestra estructura legal para mejorar la persecución del delito, y lo correcto sería que endureciéramos el castigo para todo el que estimule la prostitución de menores de edad, incluyendo las complicidades que permiten prosperar negocios de esta catadura.

¿Mea culpa?

Jan Egeland, subsecretario general y coordinador de ayuda de emergencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en lo que parece más un mea culpa que una advertencia, ha llamado a los países vecinos de Haití a prepararse para un nuevo flujo de braceros y refugiados haitianos, debido al agravamiento de la crisis en ese país. Debemos darnos por aludidos en primerísimo orden.

En la ONU existe el convencimiento de que -como lo expresara ese funcionario- “se ha hecho muy poco” para tratar de revertir la dramática situación haitiana, caracterizada por una miseria extrema en medio de una crisis institucional de inminente vocación sangrienta. Ese estado de cosas se ha agravado desde que la tormenta Jeanne provocara miles de muertos y destrucción por doquier.

Ciertamente, la presencia internacional en Haití, de la cual forma parte la ONU, ha hecho muy poco para alejar las posibilidades de una matanza en gran escala, de la cual serían protagonistas insurrectos armados y seguidores del depuesto presidente Jean Bertrand Aristide.

Los dominicanos compartimos con los haitianos la isla Hispaniola y por ello somos los más llamados a estar preparados para un éxodo masivo. Ya antes, al inicio del levantamiento contra Aristide y en otras crisis, hemos sido anfitriones forzados de esta invasión pacífica que se advierte en nuestras calles y campos. Como antes, la situación haitiana no se resuelve con mea culpa, circo y advertencias de deterioro, sino poniendo a trabajar la fuerza interventora en acciones que mitiguen el hambre y la miseria, y que conduzcan a una salida digna del conflicto político.