¿Protestas o exorcismos?

El Doctor Merengue, legendario personaje de tira cómica, creado por el caricaturista argentino Guillermo Divito, es un abogado elegante que habla con convicción y dulzura, mientras que desde su espalda surge el espectro de sí mismo, diciendo, precisamente, todo lo contrario. El interlocutor, desprevenido, ignora que le están mintiendo, que el doctor es un hipócrita consumado.

La hipocresía es una proclividad siempre presente en la especie humana. Puede desarrollarse o quedarse atrofiada. Existen aquellos a los que  no se les da bien eso de andar con simulaciones, y otros que escogen vivir fingiendo sin poderlo evitar.

En ocasiones, estas dobleces sobrepasan al individuo y se adueñan de  grupos y  sociedades enteras, con el protagonismo de expertos camaleones, habilidosos “transformers”, quienes exageran virtudes y disfrazan defectos. El propósito es convencer, exaltar, y lograr el objetivo del momento. En la acomodaticia transformación ignoran el espectro que llevan detrás; el que los va desmintiendo.

En días pasados, varias organizaciones religiosas vienen insistiendo para que le acompañemos en su propósito de satanizar sin contemplaciones la homosexualidad. No convencen, pues sabemos que esconden y se desdicen  de sus actuaciones anteriores. Suponen que no tenemos memoria. Creen que olvidamos que fue su costumbre tolerar a los que hoy no toleran. Craso error. 

Sin tener que esforzarnos, podemos comprobar que aquí nunca ha sido un secreto, ni motivo de escándalos, el que por décadas hayan ocupado ministerios y posiciones de poder conocidos e influyentes homosexuales – la mayoría, por lo demás, ciudadanos respetables – en cada gobierno que acampó en palacio.

Aunque lo intentásemos, no encontraríamos en las hemerotecas reportajes de motines en contra de empresarios, millonarios, ni de destacados feligreses, que nunca han dejado de ejercer su sexualidad diferente frente a  las narices de la Iglesia. Todo lo contrario: con ellos practicaron el rentable negocio del perdón de los pecados, en fraternal y fructífera convivencia.

¿Hubo acaso indignación, denuncias, manifestaciones de padres cristianos, sabiéndose que al menos un par de colegios católicos estaban siendo dirigidos por conocidos pederastas que, de seguro, morirán tranquilos ungidos en los Santos Óleos?  A callar tocaron, y siguen tocando. 

No constan en la historia dominicana revueltas protagonizados por machotes o creyentes, desgañitándose por lo que se desgañitan ahora. Parecería como si esos vociferantes discípulos del Doctor Merengue acabaran de descubrir un pecado nuevo. De importación. Esta indignación “de novo”, antaño  contenida y silente, trata de amedrentar al futuro embajador americano y a la comunidad gay. No entiendo por qué  no lo  hicieron antes.

Estas protestas, es razonable concluir, tienen un innegable sabor de exorcismo. Sí. Puede que quieran sacarse los  demonios de encima, aliviarse culpas acumuladas en la convivencia y ocultamiento de los auténticos  pervertidos sexuales, que siguen agazapados entre santos y sacristías.

Bertrand Russell, filósofo británico del siglo pasado, refiriéndose a la  hipocresía de algunos moralistas, sentenció: “Existen juntas dos clase de moral: la que se predica y no se practica, y la que se practica y no se predica”.  Razón tenía el genial intelectual.