Provocando al entusiasmo

Provocando al entusiasmo

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“Es preciso elevarse con las alas del entusiasmo.
Si se razona, no se volará jamás”.
 
Anatole France
 
¿Recuerdas el concurso de ciertos programas de televisión en el que un participante tenía 5 minutos para tomar todo lo que pudiese de un supermercado? La persona corría de un lado a otro por los pasillos, buscando los productos más caros, porque no quería terminar con un carro lleno de chucherías.
 
Para mí, ese concurso es una metáfora de la vida. Si no buscas aquello que te qgregue valor, terminarás lleno de boberías de poco provecho. Una de las cosas que provoca el mayor miedo en las personas es vivir sin entusiasmo, ese fervor que parece provenir de una fuente misteriosa, llenando nuestras vidas de un efervecente gozo.
 
La falta de entusiasmo genera falta de voluntad y la falta de voluntad acrecienta la falta de entusiasmo generándose así un círculo vicioso, donde no logramos sacar las fuerzas para vivir apasionadamente. El sustantivo “entusiasmo” procede del griego. Está formado por la preposición “en” y el sustantivo “theós” que significa “dios”.
 
La idea es que cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo, un dios entra en nosotros y nos utiliza para manifestarse. Según creían los griegos esto es lo que le sucedía a los poetas, los profetas y los enamorados. Estar entusiasmado significa que hemos sido objetos de un “rapto divino” o de una “posesión divina”.
 
Para el escritor español Gregorio Marañón la capacidad de entusiasmo es signo de salud espiritual. El entusiasmo se relaciona a la voluntad consciente, un ejercicio de disposición y ganas que nos lleva a tomar la decisión de actuar a pesar de los desafíos o pruebas, de ahí que muchas personas ven el entusiasmo y la “fuerza de voluntad” como sinónimos.
 
En cambio, la falta de voluntad se asocia a la apatía y desgano que caracterizan a las personas que han perdido el entusiasmo. A éstas se las tilda de “inestables”, “inmaduras” e “irresponsables”. Es difícil depositar confianza en ellas para desempeñar tareas, porque no se sabe si el “humor” les permitirá cumplir con lo asignado.
 
El filósofo alemán Albert Schweitzer dijo: “Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma”. Todos queremos causar algún impacto, servir a otros, transformar el mundo. ¿Crees que no? Aún no he escuchado a nadie decir en voz alta: «Soy feliz siendo una porquería…adoro ser mediocre».
 
La mayoría de la gente siente temor de despertar una mañana y preguntarse: «¿Qué he hecho con mi vida?». El mayor miedo humano no es a la muerte, sino a vivir una vida sin sentido. Hace unos días, acompañé a mi hija Shalima a cumplir un deseo de su “bucket list”. Era su cumpleaños #30 y había decidido saltar en paracaídas. Tomar la decisión de sorprenderla yendo a su celebración fue cuestión de unos pocos minutos, en los que encontré un boleto a buen precio.
 
El plan era que ella saltaría con su hermano Julio, pero ya en el aeropuerto cambiaron los planes, y yo tomé su lugar. ¡Que contradictorio es el miedo! Por un lado, puede ser desagradable y amenazante, y por otro lado podemos pagar mucho dinero para sentirlo. En mi caso, aunque he experimentado algunas cosas no ordinarias, como hacer rafting, ir a la selva del amazonas, hacer una toma de ayahuasca o saltar en parapente, soy bastante conservadora.
 
Al igual que en aquellas ocasiones, la aventura de saltar al vacío no implica para mi un subidón de adrenalina, sino un momento de profunda entrega y rendición. En una experiencia de este tipo, suelo entrar en una especie de meditación consciente en la que me entrego a lo más grande, y suelto el control.
 
El rey David dijo: “Puedo cruzar lugares peligrosos y no tener miedo de nada, porque tú eres mi pastor y siempre estás a mi lado; me guías por el buen camino y me llenas de confianza”.
 
En las ocasiones que me he arriesgado de este modo, el miedo no me acompaña, el corazón no se me agita, no me sudan las manos, ni me duele el estómago, pues estoy convencida que no puede ocurrirme nada que no esté en el plan de Dios, y si está en sus planes no hay nada que pueda hacer para evitarlo. De modo que me entrego a vivir fuera del límite, y disfruto provocando mi entusiasmo por la hazaña.
 
Al saltar de un avión y ver como el vacío se despliega ante tus ojos, no queda más que reconocer tu pequeñez. Paradójicamente, al hacerlo entras en contacto con tu propia grandeza, sólo que lo haces desde la humildad de quien ocupa su lugar. Y de pronto, ¡el silencio! ese silencio que te toma para hacerte Uno con Todo lo que te rodea.
 
Alan Moore dijo: «Todo lo bueno en la vida nace de un salto al vacío». Luego de unos minutos en los que la presencia de la vida y la muerte te acompañan, al aterrizar y reconectarte con la realidad, ¡estás lleno de entusiasmo! embargado de un singular frenesí por tus relaciones, tu trabajo, tu casa, tu cuerpo, ¡tu vida!
 
En Rosh HaShaná, algunos judíos tienen la costumbre de visitar sus lotes en el cementerio. Para algunas personas, esta práctica  puede parecer morbosa, pero para ellos es un recordatorio: «Yo soy mortal, y aquí es donde voy a terminar, ¿qué es lo que quiero que escriban en mi tumba?».
 
 Es tan sólo otro modo de recibir la invitación para vivir cada día como si fuera el último, porque al final de cuentas algún día así será. Cada uno debe encontrar su propia vía. Si me preguntas si volvería a saltar, mi respuesta llena de entusiasmo sería: ¡sí! Y sin dudas lo haría

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