Psicoanálisis, clientelismo y santería

Uno de los grandes aportes del psicoanálisis a la comprensión de la cultura y el hombre de nuestros tiempos, consiste en empatar determinados mecanismos mentales con patrones culturales y conductas sociales, económicas y políticas específicas. En la década de 1960, se hizo popular la interpretación de ciertas conductas típicas de los latinoamericanos, en base al modelo de análisis que proveyó T. Parsons.  Gino Germani desarrolló su teoría de la transición explicando que nuestras culturas se movían desde lo particular a lo universal, del ascenso social y la distribución de beneficios sociales en base a la condición social y al parentesco, a un modelo basado en el esfuerzo personal.

De modo que, con el desarrollo económico, cada vez más nos iríamos haciendo más universalistas, y más propensos a lograr el éxito por la superación mediante el estudio y la disciplina. En consecuencia, el clientelismo y el nepotismo desaparecerían gradualmente.

La realidad de nuestro país ha sido otra. Nuestro escaso desarrollo económico (no mero crecimiento), la escasa apertura y evolución de nuestros mercados, y  el descuadre entre las necesidades del mercado laboral y nuestro sistema educativo (todavía elitista), no han permitido el advenimiento de una cultura organizacional y ocupacional que dé cabida a carreras técnicas, ni privilegiado la igualdad de  oportunidad en la estructura ocupacional, estableciendo como escalera de ascenso social por excelencia a un sistema educativo abierto e igualitarios para todos los sectores sociales.

Concomitantemente, se ha frustrado la emersión de una cultura más racional, más laica y menos mágico-religiosa, según la cual, los individuos confiarían más en la educación y en su propio esfuerzo que en las velas a la virgencita, en el primo diputado o alcalde.

Obviamente, la cultura tradicional, que cuenta con vírgenes, santos y espíritus particularistas, difiere de un cristianismo racionalista, tipo San Agustín y Tomás de Aquino, cuya estructura monoteísta, judeo-cristiana, se nutre de la lógica y el empirismo aristotélicos; y que presenta un Dios, sobre todo justo, que “no hace acepción de personas”, ni tiene favoritos, ni sobrinos, ni clientes. Jesús  respondió: mi madre y mis hermanos son aquellos que hacen los mandamientos de mi Padre. (Marcos 3.33). Un legalismo igualitarista solo a veces alterado por la propia y exclusiva  voluntad y misericordia de un Dios Padre cuya regla general y universal es la recompensa por el cumplimiento del deber. Predicamento que está en franca oposición con la santería popular, según la cual, con dos o tres velas, una limosna, una salve o una letanía, o un culto a manera de adulación personal, se logra una especie de contubernio, de “chulería”, mediante la cual se seduce a la deidad, al espíritu de Changó o Yemayá, el cual concederá favores  a la manera de cualquier político de patio luego de un discurso pronunciado por un adulón de turno.

Esos amarres culturales hay que desentrañarlos. Porque con esos atavismos nos será difícil desarrollarnos económicamente… Y cultural y espiritualmente tampoco tendremos futuro.

Psicoanalistas, intelectuales y religiosos serios deberían abocarse a estos temas.