Pueblo soñador

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La era informática trae consigo el desarrollo de una nueva cultura la cual incide directamente sobre el pensamiento. Así vemos que cuando nos referimos al aparato o soporte físico de una computadora  nos llega a la mente el extranjerismo hardware, en tanto que si pensamos en los programas de trabajo el término que aflora es el de software.

Haciendo la analogía con el cuerpo humano diríamos que el niño viene al mundo con su hardware y que la sociedad le agrega los programas o software para crear el comportamiento.  Sin temor a equívocos se podría afirmar que uno nace y el medio lo hace.

Apenas empezaba yo a balbucear mis primeras frases tratando de comunicar necesidades e inquietudes cuando mi mente infantil se llenaba de narrativas mañaneras que exponían los labradores mientras tomaban café en el patio de la morada campestre. Familiares, compadres y amigos se daban cita bien de madrugada para contar sus sueños. Había gente especializada en “arreglar”  esas revelaciones nocturnas. Allí la fantasía, los difuntos y personas ausentes llenaban un escenario que  lucía real tanto para el emisor como para los receptores. Terminado el análisis a lo Sigmund Freud, el intérprete con la autoridad de un juez  sentenciaba: ese sueño te da el número 10, el 12, o el 16. Desde luego que antes de emitir el veredicto numérico, éste era motivado con unos consabidos argumentos que valoraban a los actores por la cédula, fecha de nacimiento, o su número abonado.

A fin de que se tenga una idea de lo arraigada que está la idea de los sueños, diré que mi bisabuela materna viajó de emergencia  desde Puerto Plata a la capital porque soñó que una de sus hijas estaba en peligro de muerte. Por coincidencia, una embarcación acababa de zozobrar en las bravías aguas del mar Caribe. En ella viajaba su prole. La mujer se salvó de milagro, siendo rescatada tres días después montada sobre una tabla. Nuestro pueblo aviva sus aspiraciones  en la quietud de la noche y en complicidad con la madrugada. Acariciados proyectos fallidos del  subconsciente encuentran su válvula de escape en la oscuridad. Los pobres rezan y sueñan en la nocturnidad  para que Dios los oiga y luego despiertan  en el día para jugar a la suerte con la lotería.

Sellados en las bóvedas sepulcrales se mantienen celosamente encarcelados y vedados para sus hijos, los sueños de Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón, Manolo Tavárez Justo, Juan Bosch y aquellos alumnos anónimos que creyeron en la posibilidad de hacerlos realidad. Muertos están Cristo y los discípulos  que asumieron el sermón de la montaña.  Vivos y robustos siguen los hijos de Pedro Santana y Buenaventura Báez,  estos nos invitan con singular vehemencia a jugar a sus números favoritos el 16 de mayo del 2010, 2012 y 2016.

La definitiva y real redención de la patria vendrá cuando nuestros grandes muertos sean despertados y sus sueños tornados en realismo con el software de un ideario unitario común libre de enredos globales.