Puercoespín político

Federico  Henríquez Gratereaux

No hay forma de eludir “la cuestión haitiana”. Todos los esfuerzos para que “no se hable del asunto” son inútiles. El problema surge, espontáneo, en las calles, en conversaciones con familiares, en las tertulias de las tabernas. A veces en forma de rechazo violento; en ocasiones con entonación trágica: “es el fin de la nación dominicana”. Se trata de un tema omniabarcante; es, al mismo tiempo, un conflicto social, político, económico, cultural, demográfico. El empeño en reducir las cosas a prejuicios raciales, actitudes conservadoras, “ultranacionalismo”, fracasa estrepitosamente. Todo concurre a exasperar este viejísimo problema de la convivencia obligada entre haitianos y dominicanos.

Las naciones grandes y desarrolladas no quieren emigrantes pobres, sin educación, ni buena salud. Sus políticas exteriores, de manera sistemática, están cerradas a esta clase de “emigración costosa”. Los empresarios dominicanos necesitan mano de obra barata; y aunque comprenden “la parte social y política”, no pueden prescindir de la fuerza laboral que son los haitianos indocumentados. Llegan, a lo sumo, a consentir la regularización o “carnetización”, con tal de que permanezcan en territorio dominicano. Los religiosos reclaman misericordia para todos “los pobres del mundo”; por tanto, piedad para los haitianos sin papeles, pues son también seres humanos, hijos de Dios.

Hasta hace poco, los grupos políticos de extrema izquierda mantenían una postura “reinvindicativa” hacia los “hermanos proletarios” del país vecino. Sólo recientemente han caído en la cuenta de que el “aspecto ideológico” no es tan importante como la densidad de población, las diferencias culturales o “el control político electoral”. Por eso, algunos radicales empedernidos han “reculado” y estrenan un “antihaitianismo” moderado, condicional o matizado de cierto “patriotismo dominicanista”, si se quiere, “nacionalista”. Todo esto, mientras el grueso de la población dominicana cultiva un sentimiento ferviente de solidaridad nacional.

Entretanto, el gobierno dominicano debe bailar con un puercoespín político, internacional y doméstico. Tendrá que “bailar pegao”, en estrecho “abrazo sensual”, so pena de sucumbir en medio de fuerzas encontradas. Quizás los pinchazos mismos de este acerico histórico sean la única guía para la acción. Atreverse a decir la verdad me parece una consigna destinada a triunfar. Estamos aprisionados por un molino de tres muelas: los de afuera, los de adentro, los de al lado.